LA REVOLUCIÓN MASCULINA QUE TANTAS MUJERES LLEVAN SIGLOS ESPERANDO

Autor: Octavio Salazar Editorial: Planeta – 2018 PVP: 6,95 €

“Lo que ahora se necesita, al lado de la revolución femenina, es una revolución masculina…” (Joumana Haddad)

Difícilmente uno puede clasificarse como demócrata y no hacerlo como feminista. Ya lo explicó con brillantez Virginia Wolf: “las mujeres han sido siempre empequeñecidas para así actuar como espejos que nos reflejan a nosotros al doble de nuestro tamaño natural”. El carácter precario de la masculinidad implica su cuestionamiento permanente y su necesidad de confirmación. Frente a la libertad de sentirnos plurales y diversos, la masculinidad hegemónica se halla encorsetada. El uso de la corbata o del traje nos reviste de autoridad. Nuestra identidad precaria también se justifica en su construcción negativa: ser hombres supone ante todo “no ser mujer”, escapar de lo que éstas representan: emociones, cuidados, sensibilidad.

A estas “mutilaciones” que pretenden protegernos se une nuestra incapacidad para fomentar, en nuestras relaciones entre iguales, la intimidad personal. De ahí que la frustración, la ignorancia emocional acabe con frecuencia en ira, violencia, destrucción.

Nosotros siempre hemos sido el Ulises viajero y proveedor y ellas, la Penélope que esperaba… sumisa, dependiente, entregada al cuidado y al amor como único horizonte vital y, por tanto, a la frustración del probable fracaso de la historia. Sobre estos estereotipos se ha construido el imaginario colectivo que la cultura capitalista reproduce: la ambición, la competitividad se ajustan a lo que demanda la sociedad neoliberal, construida sobre un sujeto del que se valora su capacidad de ser el mejor.

El objetivo deseable es alcanzar una sociedad en el que se logre un pacto generoso y corresponsable entre hombres y mujeres, asumiendo por igual el papel de proveedoras y cuidadores. Sin embargo no será posible si los hombres NO reaccionamos: no seguir gozando de manera acrítica de nuestros privilegios; no estar ausentes en lo doméstico y familiar; no creernos omnipotentes y asumir la necesidad de los otros; no huir de lo femenino, de lo sensible; no monopolizar la autoridad; no reproducir las fomas patriarcales; no ser el centro de la cultura, ciencia y pensamiento; no ser cómplices de la violencia.

Sólo liberándonos de la jaula de la virilidad haremos posible la igualdad real entre mujeres y hombres.