España se enfrenta al desafío de restaurar el contrato intergeneracional, roto porque los jóvenes están desprotegidos

“Un hijo es una rama desgajada y nosotros somos como setas en la hendidura de un árbol, no nos movemos del sitio”. Lo que Vasili Ivánovich le dice a su mujer en la inmensa novela Padres e hijos, del ruso Iván Turguénev, vale para entender la tensión generacional de todas las épocas históricas de la humanidad. El novelista ruso situó el conflicto eterno en la Rusia de mediados del Siglo XIX y lo personalizó en el rebelde Bazárov, que combate, despierto y dormido, contra la vieja nobleza rural reacia a dejar paso a las nuevas generaciones. “Lo que nosotros amamos es la civilización, los principios, ustedes lo destruyen todo, sólo saben negar, pero también es necesario construir”. El reproche del aristócrata Pável a Bazárov, en una de sus peleas dialécticas, es el mismo que se puede escuchar en la España de 2017 en cualquier reunión de adultos, padres o abuelos. Los padres de Turguénev no podían entender cómo aquéllos hijos, a los que enviaban a estudiar con toda clase de comodidades, volvían a la casa familiar renegando del mundo en el que habían nacido.

“Han vivido como reyes, no sé de qué se quejan. Se han criado con todos los caprichos. Ya podía yo haber tenido de niño la mitad de lo que han tenido ellos”. Éste y otros comentarios son habituales en la España de hoy cuando se habla del lamento de los jóvenes sobre el futuro que les espera. La tesis es cierta -en efecto las nuevas generaciones han vivido una infancia infinitamente mejor que la de sus padres, no digamos nada de la de sus abuelos-, pero se conjuga en pasado. Han vivido. Otra cosa es cómo vivirán en el futuro, partiendo de las heridas materiales, sociales y económicas que ha dejado la crisis. Hace ya diez años que empezaron las calamidades. Los niños y niñas que en 2008 tenían entre 10 y 14 años se han hecho mayores sin conocer otro mundo que el de la crisis. La palabra crisis es su propia vida. Junto con el móvil.

En el Libro Blanco sobre el futuro de Europa elaborado por la Comisión, se traza un diagnóstico muy pesimista sobre el futuro de esas generaciones. “Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, existe un riesgo real de que la actual generación de jóvenes adultos acabe teniendo unas condiciones de vida peores que las de sus padres. Europa no puede permitirse perder al grupo de edad más formado que ha tenido nunca y dejar que la desigualdad generacional arruine su futuro”.

Los mayores observan que los jóvenes de hoy tardan más en madurar que los de ayer. Como si les hubiera atacado a todos el síndrome de Peter Pan. Pues bien. Las condiciones de vida de la juventud española y las graves consecuencias que la crisis ha tenido para las nuevas generaciones son el hilo conductor de tres libros que se han publicado en España en el último año. La sociedad que seremos, de la socióloga Belén Barreiro; Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?, del periodista Joaquín Estefanía; y El muro invisible. Las dificultades de ser joven en España, del colectivo Politikon. Éste último es el más reciente y sus autores son un grupo de jóvenes politólogos que han logrado visibilidad en los medios precisamente como estudiosos de la crisis.

Luis Abenza, Berta Barbet, Silvia Claveria, Elena Costas, Jorge Galindo, Kiko Llaneras, Octavio Medina, María Ramos y Pablo Simón ponen cifras, datos, porcentajes, análisis, gráficos y explicación al sentimiento de desesperanza y de falta de horizonte vital de la juventud española. Los autores demuestran -con las herramientas de las ciencias sociales propias a su condición de profesores- que los jóvenes se enfrentan a un espeso muro que les impide construir su futuro. Los ladrillos de esa pared son la precariedad, la falta de oportunidades, las dificultades para emanciparse y construir un hogar, y las deficiencias del sistema educativo.

“No es una lista de agravios ni una revancha generacional”, advirtió María Ramos en la presentación del libro. Aunque sí es una denuncia de que el pacto intergeneracional -basado en que cada generación en edad de trabajar es responsable tanto de las anteriores (que reciben las pensiones), como de las siguientes (a través de la Educación)- se ha roto, y es preciso reconstruirlo. El periodista Joaquín Estefanía, cuyo libro toma forma de relato de la crisis explicada a los nietos, cita al historiador británico Niall Ferguson para decir lo mismo. “El mayor desafío que afrontan las democracias maduras es el de restaurar el contrato social entre generaciones“.

El libro de Politikon hace palpable el muro invisible a través de datos, cifras y estadísticas incontestables. Durante la recesión, la renta media anual de los hogares jóvenes pasó de 34.700 euros en 2011 y a 25.500 en 2014. El riesgo de caer en la pobreza ha pasado del 23,6% al 40%. Los contratos precarios, como la crisis, son la vida misma de los jóvenes. El 92,5% de las nuevas contrataciones fueron de carácter temporal. En 2008, la mitad de los menores de 30 años vivía de los ingresos de sus familias. Ahora, son el 63% los que dependen de los demás. ¿Por qué la crisis les ha golpeado tanto? “Los jóvenes están menos protegidos ante una crisis económica porque no tienen ahorros ni propiedades. Dependen de su trabajo como fuente de ingresos, que es lo primero que desaparece cuando llega la recesión”. La tasa de paro juvenil en España es del 38,6%, la segunda más alta de la UE por detrás de Grecia.

Las cifras

La ruptura del contrato intergeneracional se deriva de un dato nítido y testarudo. Mientras que los ingresos de los españoles de menor edad disminuyeron un 22,5% de 2011 a 2014, los de los jubilados aumentaron un 11,3%. Joaquín Estefanía explica que ésta es una tendencia que se ha agudizado durante la crisis, pero que viene de lejos. Entre 1985 y 2000, el gasto de la tercera edad en España fue 34 veces superior al de la infancia, juventud y educación. En este punto, España es una anomalía a nivel mundial. El gasto público en Educación cayó un 17% entre 2009 y 2014. Los autores de El muro invisible concluyen que el Estado del Bienestar “no redistribuye hacia los que más lo necesitan. Las políticas públicas han protegido más a los jubilados que a los jóvenes y a los niños. El colectivo de jubilados ha aumentado porque los nuevos pensionistas que se incorporan al sistema tienen prestaciones más altas”. Los menores de 0 a 17 años son el grupo de edad con un porcentaje más alto de pobreza, asegura en su libro la socióloga Belén Barreiro.

Los profesores de Politikon completan la radiografía total de la juventud española con datos sobre la avería grave que sufre el ascensor social en España. Las posibilidades de los hijos/as de las clases menos favorecidas de mejorar su nivel de vida -y ascender, por tanto, de clase social- chocan con el deterioro de la educación pública. La desigualdad de oportunidades figura en todos los estudios publicados, en los informes de las ONG y en estos tres libros como una de las injusticias más lacerantes que deja la gran recesión. El abandono escolar -auténtico drama de nuestro sistema educativo- se ceba en los alumnos de familias de bajos ingresos. A igualdad de competencias, los alumnos de nivel socioeconómico bajo tienen 5,6 veces más posibilidades de repetir curso que los de clase superior. La tasa de repetición en España dobla la media de la OCDE. Los autores opinan que si se quiere mejorar la educación, hay que repensar las condiciones de la repetición de curso, una medida que consideran la base de la ineficiencia del sistema educativo, ya que es la antesala del abandono escolar.

La educación es analizada con mucha profundidad en el libro. Con algunas conclusiones que desmienten los tópicos. Por ejemplo, que los niños y niñas de hoy no saben menos que los de ayer. “No hay datos para deducir que los jóvenes de hoy estén peor preparados que los de antaño”. Más relevancia que el currículum de asignaturas para el éxito o el fracaso escolar, sostienen los tres estudios, tiene el lugar y la familia donde se nace. Mientras que sólo un 3,7% de los hijos de madres con estudios superiores abandona tempranamente la escuela o el instituto, en el caso de madres sin estudios el porcentaje se dispara hasta el 41%.

Así las cosas, no es sorprendente -aunque sí muy ilustrativo de los cambios sociales que experimenta nuestro país- que los jóvenes tengan extraordinarias dificultades para irse de casa, vivir por su cuenta, emparejarse, o tener hijos. En 2008, la mitad de los españoles menores de 30 años vivían con sus padres. Ahora son el 63%. La tasa de emancipación en España es la más baja del resto de los países europeos. De igual forma, ha aumentado de forma exponencial el número de jóvenes que contemplan la posibilidad de emigrar a otro país. Un 82% ni siquiera pensaba esta posibilidad antes de 2008. Ahora, casi la mitad se lo están planteando. Las jóvenes españolas sufren asimismo las consecuencias de la crisis. No sólo porque la precariedad es mayor entre las mujeres trabajadoras, sino porque se ven obligadas a retrasar su maternidad. En España, la mujeres tienen su primer hijo a los 32 años. Estudiar, trabajar, casarse, tener hijos, comprarse una casa. Este era el plan de vida de anteriores generaciones. Un plan que en su último escalón -el de comprarse un piso- se ha vuelto prácticamente una quimera para los jóvenes de hoy.

En política

“Los jóvenes no resultan decisivos en unas elecciones, son un contingente menguado frente al resto de las generaciones. Una generación puede optar de manera importante por un partido, pero si son menos en número que otras es complicado que sean determinantes para una victoria electoral”. El último capitulo de El muro invisible, dedicado a la brecha generacional, puede servir para explicar la causa de que los partidos gobernantes dediquen más atención y más recursos de las políticas públicas a los mayores que a los jóvenes. Los españoles con edades comprendidas entre 18 y 35 años son el 21,9% del censo. Tres puntos menos que los mayores de 65 y lejos del 39% de la generación de los 60.

Los partidos saben, además, que los jóvenes tienen mayor propensión a abstenerse en las elecciones. En las últimas elecciones, el 28% de los españoles entre 18 a 24 años se abstuvo. En cambio, el porcentaje de abstencionistas mayores de 64 años fue el 12%. Los partidos, aseguran los autores del libro, “responden a incentivos y sus votantes marcan las prioridades políticas cuando gobiernan”. PSOE y PP han sido abandonados por los electores de menor edad, por lo que los “incentivos” de esas formaciones para priorizar las políticas destinadas a los jóvenes son muy reducidos. Este abandono tiene como consecuencia el aumento del desafecto de la juventud hacia el sistema de representación política. En definitiva, la democracia goza de peor fama entre los jóvenes que entre los mayores, según los datos que figuran en los tres estudios.

Las movilizaciones del 15-M -protagonizadas por los jóvenes descontentos con el sistema- fueron un aldabonazo que años más tarde dio lugar a la aparición de partidos políticos nuevos. El resultado de las últimas generales abrió una brecha generacional más visible que nunca entre el voto de los jóvenes y el de los mayores. Las formaciones emergentes -Podemos y Ciudadanos- capitalizaron el voto joven, mientras que PP y PSOE dejaron de ser el bloque más votado por debajo de los 35 años, y casi de los 45. El PP, partido ganador de las últimas elecciones, tiene el 55% de sus votantes entre los mayores de 65 años. Ello podría explicar por qué durante los peores años de la crisis, la única partida que no se ha visto afectada por los recortes son, precisamente, las pensiones.

Es bien cierto que las pensiones han sido un formidable colchón para las familias más golpeadas por la crisis. Muchos hogares han sobrevivido gracias a la prestación de los abuelos. Los autores de los libros que aquí se han comentado piensan, sin embargo, que el Estado del Bienestar no puede dejar en manos de las familias la corrección de las desigualdades. Son las políticas públicas las que deben redistribuir las rentas y garantizar la solidaridad. También la intergeneracional.
La socióloga Belén Barreiro, en La sociedad que seremos, asegura que los jóvenes españoles no se definen mayoritariamente como conservadores o socialistas, sino como “liberales” o “progresistas”. Son solidarios, austeros y críticos con la forma de vivir de sus padres. “Las heridas que les ha causado la crisis los empuja a mirar en otras direcciones, en busca de nuevos referentes que no se parezcan en nada a los de sus mayores. Los politólogos de El muro invisible opinan, sin embargo, que es pronto para saber si las preferencias electorales de los jóvenes acabarán cristalizando. Si lo hace, explican, «nos podríamos encontrar con que esta generación se convierta en una minoría permanente”.

Fuente: Lucía Méndez (elmundo.es)