Seis millones de niños pasarán las fiestas en campos de refugiados

Lemar, una joven afgana de 23 años, no podía imaginar un regalo mejor para 2016: un bebé. Por desgracia, tampoco imaginaba que pariría a su pequeña, Karima, en algún lugar remoto y hostil de las montañas entre Irán y Turquía, escondida, sin asistencia médica. Solo la capacidad improvisadora de su marido.

La familia huyó de Afganistán, abruptamente, cuando se recrudecieron los enfrentamientos entre grupos extremistas hasta límites insoportables. Su hijo Khalil nació un año después, en un campo de refugiados de Grecia. «El anterior parto fue muy difícil, tuve que dar a luz en las montañas. Pero con Khalil fue mucho más fácil. Fui a un hospital griego donde el doctor venía cada hora para ver si todo iba bien. Revisaron mi corazón y me ayudaron mucho», se felicita Lemar, hoy, asistida por la ONG Save The Children.

Lemar y los suyos llegaron al campo heleno justo en el momento en que Europa cerraba sus fronteras. Ninguno de los dos bebés ha experimentado todavía lo que es un hogar familiar en su sentido cotidiano. Humano. De andar por casa. No saben lo que es la normalidad, ese bien tan preciado del que son despojados los refugiados en cuanto deciden empezar su odisea.

«Vivir en un campo de refugiados no es vivir», declaman desde Save The Children. La estampa de la semana navideña de la familia de Lemar es como la del resto del año:  sobrecogedora. Su hogar es hoy un barracón de apenas 25 metros cuadrados, frío en invierno, que en los meses de verano alcanza los 40 grados en su interior. El único espacio para que jueguen sus hijos son los estrechos corredores entre estas precarias construcciones, a la intemperie. «Las situaciones de desprotección que se dan para ellos en estos campos de refugiados son preocupantes y existe el riego de ser víctimas de casos de abuso y agresiones», advierten desde Save The Children.

El campo está en una zona remota y aunque tanto Lemar, como los otros miles de acogidos, acceden a tres comidas diarias, las deficiencias de los servicios más básicos son un riesgo para la salud y el bienestar de los niños, según informa la ONG. «Los campos de refugiados de muchos lugares de Grecia e Italia son lugares diseñados para una estancia temporal, pero para miles de familias como la de Lemar el tiempo se alarga demasiado», explican sus portavoces. A Karima y Khalil no es que se les haya alargado la estancia demasiado. Sencillamente, no conocen otra forma de vida. Sus padres no saben si podrán proporcionársela, y viven en una frustración continua.

«No es fácil tampoco enfrentar una rutina en un lugar así cuando no hay una perspectiva en el horizonte de que algo cambie», cuentan en la ONG, y sentencian: «Esperar con esa incertidumbre va haciendo mella en el ánimo de muchas de estas familias». Los hijos de Lemar son parte de los 20.000 niños y niñas que pasarán esta navidad en un campo de refugiados griego. «Cada día que pasan es un día de infancia que se les está robando. Es necesario que la historia de su viaje no acabe aquí», reclaman desde Save The Children.

La activista rusa y miembro del grupo de música Pussy Riot (fueron condenadas a dos años de cárcel por cantar en una catedral ortodoxa contra Vladimir Putin) pasó la navidad pasada en un campo de refugiados de Calais, al norte de Francia. Luego escribió su experiencia en una columna del Huffington Post americano.

En el primer párrafo, explica, con una certeza sobrecogedora, lo lejos que está el resto del mundo del drama de los refugiados, y no geográficamente. Especialmente, en navidad: «Nochebuena: preparas la cena, después saldrás de fiesta, te enredarás con el espumillón y las luces, y tirarás el árbol de Navidad encima del gato. Eres parte de la fiesta, bailas hasta que no puedes más… Y te levantas con una resaca espantosa. Te despiertas en tu casa, o en casa de algún amigo. En el primer caso, siempre puedes enterrarte bajo las sábanas y volver a dormir. En el segundo, tienes que levantarte e irte a casa. Ahora imagínate que no tienes casa ni ningún lugar al que volver. Cuando eras pequeño, sabías que si te portabas bien, Papá Noel o los Reyes Magos te traerían muchos regalos, pero si te portabas mal, nada. ¿Qué es portarse bien? No hacer pellas y volver a casa a la hora. ¿Qué le dirías a Papá Noel o a los Reyes Magos si no se te permitiera ir al colegio o si, en vez de tener una casa a la que volver cada día, tuvieras que regresar a una tienda de campaña congelada?».

Fuente: Luis Meyer (ethic.es)