La novela del escritor marroquí no busca la complicidad o la justificación, sino la capacidad de vivir una historia desde el interior de los acontecimientos.

Publicada 19/02/2016 por Infolibre

Respetar al otro significa una tarea más compleja de lo que sugieren los estribillos de lo políticamente correcto. Se nos llena la boca de la palabra “otro”. La pronunciamos con educación para sentirnos bien con nosotros mismos. Y cerramos de forma consoladora los conflictos. Pero cuando existen distancias, resulta imprescindible mirar de frente al conflicto para no caer ni en un colonialismo disfrazado, ni en una mentira. Ponerse en el lugar del otro significa a menudo dejar al otro sin lugar. En sentido contrario, la fe en que todo el mundo es bueno es la cara amable de una mentira a la moda: todos son iguales, esa canción de barra de bar que sirve para establecer el descrédito o la ley de la sospecha sobre cualquier realidad.

Es mejor mirar de frente al conflicto. Así lo hace el novelista marroquí Mahi Binebine en Los caballos de Dios, el libro que recibió en 2010 el Premio de Novela Árabe y que ahora edita en España Alfaguara. Su realismo descarnado es un mirar de frente, un contar con la ayuda de la ficción, pero sin velos, un modo de narrar con sencillez cuidada las experiencias de vida que pueden desembocar en el terror.

Mirar de frente no es un acto de complicidad, sino un requisito de la voluntad de conocimiento. Mírame a la cara, dice quien nos quiere enfrentar de cerca a una vergüenza o a un juicio duro. La cercanía del amor consigue que veamos más cosas con los ojos cerrados. Binebine nos pide que miremos de frente, nos sitúa ante una realidad dura, pero lo hace con una forma de tensión literaria que es obligada a la serenidad. El tono particular de la narración se impone desde el principio cuando sabemos que nos habla un muerto, que las cosas se recuerdan con la serenidad de quien ya no vive. Esta distancia limita la pasión de las opiniones, pero es permeable a la melancolía y a la evidencia del sacrificio inútil. Se trata de alguien que ha sido incapaz de entender el significado de la vida.

¿Somos nosotros capaces de comprender al terrorista suicida? La narración no busca la complicidad, el perdón o la justificación, sino el conocimiento de una experiencia, la capacidad de vivir una historia desde el interior de los acontecimientos.

El 16 de mayo de 2003 se produjeron en Casablanca varios atentados en los que murieron 45 personas, entre ellas 12 terroristas suicidas. Un grupo de muchachos, con una edad entre 20 y 23 años, en conexión con Al Qaeda, hicieron estallar sus cinturones mortales en la Casa de España y en el hotel Farah. Los caballos de Dios narra las historias de algunos de estos jóvenes, desde su nacimiento en Sidi Moumen, una barriada de chabolas junto a un vertedero, hasta el momento de entrar en relación con el fundamentalismo islámico y de entregar su vida a una causa de paraísos criminales. La idea de acceder a Dios a través de la venganza necesita del resentimiento, pero también de una identidad particular formada en el desamparo. Las alianzas de una vida sin articulación legal responden a un tejido de lealtades y decisiones que abren poco a poco un verdadero abismo entre el sentimiento del bien y el mal y una posible conciencia cívica. El mandato de la supervivencia dibuja con una tinta de sombras la geografía de la vida, ya sea para iluminar la violencia salvaje, ya sea para imaginar el amor o la amistad. La desigualdad extrema es mal condimento para la mezcla de civilizaciones.

Portada de 'Los caballos de Dios', de Mahi Binebine.

Portada de ‘Los caballos de Dios’, de Mahi Binebine.

Los caballos de Dios
Mahi Binebine


Alfaguara
Madrid 
2015

Mahi Binebine nos cuenta con una serenidad descarnada esta experiencia en la voz de un muerto. Recuerdos de una infancia con un vertedero al fondo que se convierte en lugar de supervivencia y en sedimento moral. Recuerdos de una pandilla que forma un equipo de fútbol y compone una alianza para sentir consuelo, no ya por el entretenimiento de unas horas, sino por el deseo de formar parte de algo. La vida más digna queda lejos y las familias están en permanente peligro de desarticulación. La violencia se cuela como una rata por las fisuras de la convivencia. Recuerdos de un emir y unos personajes que aprovechan las situaciones para ir creando lazos de devoción, intereses laborales, afectivos y económicos que se enredan a una causa. El rigor dependiente se asume con una normalidad cotidiana, igual que las humedades se apoderan de un sótano. Y, sobre todo, el testimonio de que cualquier totalitarismo se vive en primera persona, de que el yo es una experiencia en la que la irracionalidad es compatible con el amor, la soledad y el miedo. Hasta el último segundo quedan huecos para la duda. Los destinos escritos se mezclan con el azar. Asistir al propio entierro supone incluso tomar conciencia, gracias a una madre, de que cualquier ser humano, por grave que haya sido su crimen, no está nunca solo y significa una demanda de dignidad.

La buena literatura nos enseña a conocer la vida por dentro. Esta novela abre un mundo que suele quedar escondido al otro lado de las noticias. 

*Luis García Montero