Las amas de casa han sido piezas clave en el engranaje que ha impulsado el desarrollo social: según la teoría de Talcott Parsons, la industrialización no habría tenido tanto éxito si no se hubiese sustentado sobre el trabajo doméstico

“Se agachan y se enderezan cada una a su ritmo, como teclas de un instrumento que alguien aplasta con los dedos”, escribe Natalia Litvinova en uno de sus poemas sobre las mujeres campesinas que recogen las patatas con sus manos. Una casa también es un trozo de tierra. Una geografía privada donde el trabajo sucede al margen del mercado. A las amas de casa, como se las ha denominado tradicionalmente, también las imagino encorvadas -sobre una olla removiendo un guiso, o sobre una cama estirando las sábanas-; y otras, estiradas como juncos que resisten a un viento feroz para llegar al polvo que se acumula en el altillo de una estantería.

Las amas de casa han sido piezas clave en el engranaje que ha impulsado el desarrollo social: según la teoría de Talcott Parsons, la industrialización no habría tenido tanto éxito si no se hubiese sustentado sobre el trabajo doméstico. Es decir, que según el tipo ‘parsoniano’ de familia, el obrero asalariado y la ama de casa cumplen funciones complementarias para asegurar la eficiencia de la sociedad y de la familia. Los hombres ocupaban el espacio productivo y las mujeres, el reproductivo. Con la incorporación de la mujer al mercado laboral, este modelo entra en crisis. Sin embargo, a día de hoy se arrastran algunas de las consecuencias. Por ejemplo, aunque las mujeres reclaman su derecho a estar en ese espacio productivo (trabajos asalariados) y lo ocupan, no ocurre igual a la inversa. Es decir, ellos no toman su parte de responsabilidad en el ámbito reproductivo, por lo que los roles son asimétricos. La economista británica Diane Elson apuntaba ya hace dos décadas la existencia de dos economías: “Una en la que las personas reciben un salario por producir cosas que se venden en los mercados o que se financian a través de impuestos. Esa es la economía de los bienes, la que todo el mundo considera ‘la economía’ propiamente dicha. Y por otro lado tenemos la economía oculta e invisible, la del cuidado”.

La argentina Mercedes D’Alessandro, investigadora y doctora en Economía, parafrasea a la escritora y activista Silvia Federici para evidenciar en qué consiste esta segunda economía: “Eso que llaman amor es trabajo no pago” [sic]. D’Alessandro opina que el mercado “lanza señales constantemente a las mujeres”: “En la Argentina, la licencia por paternidad es de dos días. La de maternidad, de tres meses. Es un mensaje muy claro sobre quién debe quedarse en casa”. Federici lo resumía así en su obra Revolución en punto cero: “Tras cada fábrica, oficina o mina se encuentra oculto el trabajo de millones de mujeres produciendo la fuerza de trabajo que se emplea en esas fábricas, oficinas o minas”.

Aunque D’Alessandro reconoce que cada vez menos mujeres se dedican al trabajo doméstico a tiempo completo, señala que estas trabajadoras son potencialmente vulnerables porque ni cobran ni cotizan. Tanto ella como Federici abogan por monetizar esta labor: “Cuando pedimos un salario por el trabajo doméstico estamos creando un espacio de lucha, haciendo visible la explotación”, señalaba la escritora. “En el grupo de economía feminista en el que trabajo estamos planteando una jubilación para la ama de casa. La idea es reconocer ese trabajo, valorar a través del dinero.

En la Argentina, para acceder a una pensión tienes que haber trabajado formalmente [en el mercado laboral] durante 30 años. Esas labores domésticas no entran dentro de lo formal, es tu casa y es un problema de lo privado, así que esas mujeres no pueden acceder a una pensión aunque se pasaron la vida trabajando”, explica Mercedes D’Alessandro. Esto tiene correlación con la violencia machista: “Al no tener una seguridad económica, estas mujeres tendrán más difícil divorciarse de su marido, ya que dependerán de él siempre”.

Pero ¿cómo cuantificar el trabajo doméstico? “Ya hay algunos estudios interesantes, como el del economista argentino Ariel Coremberg, que apunta que las amas de casa serían una de las mayores fuerzas productivas del país”, especifica D’Alessandro. De acuerdo con Coremberg, si a todas las mujeres se les computara un promedio de cinco horas diarias de trabajo en el hogar y por cada hora se les pagara el salario promedio de una empleada doméstica, aportarían un 20% del PIB. “Nosotras intentamos hacer algo similar: suma todas las horas que una ama de casa trabaja al día y multiplícalas por lo que le pagarías a una asistenta”. Hace exactamente una década, el Instituto Nacional de Estadística español (INE) ponía precio al valor de las tareas domésticas: 285.600 millones de euros, un 27% del PIB nacional.

Ángela Fernández acaba de cumplir 90 años y la mitad de ellos los ha dedicado a ser ama de casa a tiempo completo: desde que se casó hasta que su marido, farmacéutico, se jubiló. “Él hace recados, me ayuda,  pero yo tengo que guisar”, dice.  Ángela no tiene certezas, solo intuiciones: “Ser ama de casa sí es un trabajo, digo yo. Lo único que si algo te pasa… Muchas veces me dolía la cabeza, no lo podía resistir, así que dejaba la comida hecha y me tenía que echar un rato porque no podía más”, explica poniendo de manifiesto la inexistencia de derechos y garantías.

La desprotección laboral en este ámbito es tal que algunas ni siquiera se reconocen como trabajadoras. Es el caso de Trinidad Pascual, de 52 años: “Yo hacía zapatos, pero me quedé embarazada, estuve dándole de mamar al niño y mi marido y yo pensamos que para lo poco que cobraba yo no compensaba seguir trabajando fuera. Porque iba a tener que doblar horas para poder pagar la guardería, y para eso me quedo yo con él en casa. Luego vino el pequeño y ya pues cuidando de la casa toda la vida. Pero trabajar, trabajar… Yo creo que era trabajadora cuando estaba en el taller de zapatos, ahora soy solo ama de casa”.

La jornada laboral de Ángela iba, según explica, desde que se levantaba hasta que se acostaba: “Tenía que hacer el desayuno, fregar los cacharros, arreglar a los niños, llevarles al colegio, hacer la compra, cocinar, limpiar… Todas las faenas de la casa. Terminabas de cenar, fregabas y cuando te acostabas, terminabas. En mi caso, además, tuve que cuidar once años de mi madre, vivía con nosotros [ella, su marido y sus tres hijas]. Y después llegaron mis suegros, estaban los dos aquí y tenía que cuidarles”. Por eso Ángela considera que una ama de casa sí debería, al menos, cotizar: “Yo diría que sí porque es un trabajo. Quizá más que muchos. Es un cargo entero de la cosa. Tendríamos que haber cobrado o cotizado… Tener un pensión luego, como otro oficio cualquiera”.

Sin embargo, la economista Valeria Esquivel aseguraba en esta entrevista que dar un salario a las amas de casa “va en contra de la idea de redistribución del trabajo doméstico”: “El ama de casa que no está en el mercado es un actor cada vez más pequeño. La mayoría de nosotras, y cada vez más frecuentemente en las nuevas generaciones, va a estar a la vez en el hogar y en el mercado. La remuneración cosifica, estaríamos cayendo en una naturalización de ese rol”.

Esquivel aboga por políticas estatales que promuevan la conciliación igualitaria entre hombres y mujeres: “Mi inquietud como economista son todas esas regulaciones que enfatizan y refuerzan ciertos valores culturales sobre otros. Si la remuneración de las mujeres es menor que la de los varones, en una pareja ¿quién va a estar más horas en el mercado de trabajo? El varón, porque para la misma hora recibe más ingresos. Los incentivos están dados para que los hombres estén más en el mercado de trabajo y las mujeres, en los hogares. Se trata de alterar esos incentivos, de cuestionar la economía”.

La postura de Mercedes D’Alessandro opta por “regular por la positiva” hasta “abolir esas diferencias de género”: “Está claro que el varón ya no es el único bread winner [quien lleva el pan a casa]. Por eso hay dos niveles de actuación: primero, no dejar desamparadas socialmente a esas mujeres que todavía hacen esos trabajos; segundo, cambiar la mentalidad y fomentar la redistribución de esas tareas que se asumen son de mujer”.

La economista también aboga por cambiar el lenguaje: “Hay que empezar  a usar el término amo de casa. Y otros que a ellas las reconozcan como trabajadoras”. Por ejemplo, obreras del hogar. “Es difícil que se visibilicen en esta huelga porque algunas ni siquiera creen tener derecho. ‘Si no trabajamos, ¿cómo vamos a hacer huelga?’, piensan”. “Me enteré por mis hijas de que el 8 de marzo hay una huelga. Si tuviese 40 años menos no sé si la haría… Quizá lo hubiera pensado”, responde Ángela Fernández.

Es fácil imaginar un bloque de pisos como si fuese una fábrica; y su fachada llena de ropa tendida en lugar de una chimenea echando humo. Las sábanas colgadas en las cuerdas de los exteriores de los edificios son banderas de una patria invisible, de la ideología del cuidado. Labores que a menudo son romantizadas en el imaginario colectivo bajo lemas como Gracias, mamá, de Procter And Gamble (2016), o La cena que no ves, de Nestlé (2017). Ambas campañas trataban de resolver el conflicto capital-trabajo agradeciendo con palabras las labores que habitualmente hacen las madres y abuelas. La conclusión es que el disfrute en favor de los demás, aquel que que produce cuidar de los familiares, es el único pago que ellas deben esperar. Pero como dice Mercedes D’Alessandro: “Estas mujeres hacen jornadas enteras. Las más pobres tienen que trabajar fuera y dentro del hogar. Así que una buena forma de valorar algo es a través del dinero”.

Fuente: Noemi López Trujillo (lamarea.com)