La vida sin maquillaje: autora Maryse Condé

Después de rememorar su infancia en “Corazón que ríe, corazón que llora”, dónde nos contó que había nacido en el seno de una familia burguesa antillana de “Supernegros”, que vivía en un mundo blanco y francés, Maryse Condé retoma el relato de su vida y nos invita a acompañarla en la apasionante travesía que marcó su juventud: un periplo que comienza en París, con un embarazo accidental y el abandono del hombre al que ama, y que la lleva a vagar por distintos países de África en busca de esa identidad que ya empezaba a entrever con el descubrimiento de la negritud.

“Mi primer contacto con África no fue ningún flechazo”, escribe en este segundo volumen de sus memorias. En ellas desbroza la situación de los antillanos allí; los de Guadalupe –que no eran bien recibidos en el continente- y los de Martinica – que eran legión en aquella época en los centros docentes marfileños y que no se mezclaban con los africanos-.

 

Integrarse, es una de las acciones que la conminaban a realizar. No para disfrazarse de africana, pero sí para, al menos, aparentar: hablar malinké, llevar túnicas… Para alguien que había vivido su infancia integrando, sin saberlo, los valores occidentales, el que la obligaran entonces a adoptar la cultura africana de una manera superficial sin pararse a mirar lo que la escritora llevaba en su interior, la desalentaba.

 

A ella, comenta, se la consideraba blanca; “toubabesse”. Paradojas, una de sus tres hijas, la nacida en Guinea y de padre africano, fue la que menos africana se sintió siempre. Ghana estaba llena de afroamericanos como el África francófona lo estaba de antillanos. Volver, ¿quizás?.

“Sabes de sobra que los africanos nunca te aceptarán” (pág.153).

 

En Guadalupe descubrió a Cesaire y la negritud. En África, conoció y departió con Amilcar Cabral, Mario de Andrade o Seyni Gueye. Nos narra las idealizaciones de aquellos pasados eternos africanos que en ellos intuyó. En Guinea, presidía el país Sékou Touré. Condé lo describe como alguien con gran atractivo físico, alabado por algunos y odiado por otros. Su vida de despilfarros contrasta con la de su pueblo. Frente a los que defendían su gobierno, ella hablaba de represión feroz. Y nos descubre “El Complot de los profesores”, el primer crimen a gran escala cometido por el régimen de Touré, y del que apenas se ha hablado nada.

 

En Conakry conoció a un príncipe beninés, Louis, quien poseía una extraordinaria colección de objetos que habían pertenecido a sus ancestros: pipas, una tabaquera, un cortaúñas y sobre todo muchas fotografías del soberano destronado, Gbéhanzin. Condé, en su novela Los últimos reyes magos esbozó el exilio de éste en Martinica. Estas palabras nos dan la medida del mismo: “¿Un rey africano?, Ka sayé sa – ¿y eso qué es? –“.

 

Condé abre cajas, desde puntos de vista inéditos. Cuando escribes, das tu versión de la realidad, afirmaría muchos años después. La de la escritora apertura decenas de caminos nuevos por los que transitar, tanto a través de sus obras, que va desmenuzando añadiendo o quitando veracidad, comentando o recordando, como de sus experiencias vitales. Todo nos habla de su búsqueda de una tierra a su medida que no existía.

 

A pesar de confesar la dureza de su periplo africano, es su corazón el que reconoce que lo mejor le llegó de allí: “Más que los discursos teóricos de mis amigos, fue Guinea la que me infundió el amor por el pueblo y la compasión. Allí, aprendí que nada pesa más que el sufrimiento de un niño (…) En resumen, aprendí a apartar los ojos de mis desgracias personales y a preocuparme por las miserias de la mayoría: una lección que me caló muy hondo y que jamás olvidaré” (pág. 163).

 

La inspiración le vino desde tierras africanas a su máquina de escribir infinidad de veces, eso sin duda le quedó. Nombres. Ajumako, un lugar que dio título a una de sus obras. Heremakhonon, el de su primera novela, el de una tienda estatal que siempre estaba vacía, y que en malinké significaba “Esperando la felicidad”