Pablo Batalla Cueto, «un libro de historias, de microhistorias y de conversaciones a través de los siglos» cuyas páginas «están llenas de bien, verdad, justicia y belleza»

Editorial: Trea

Autor: Pablo Batalla Cueto

(…) se trataba de un hombre a pasos apresurados, transpirando, jadeante. Sin una mirada a las bellezas de la naturaleza, los ojos fijos en el camino y el reloj en la mano. “¡En dos horas, catorce minutos, cuarenta segundos!”, exclama con aire de triunfo, pasando de largo (…). No trae noticias de una desgracia, es el hombre cronómetro, el hombre récord. Mide su placer y su éxito en la brevedad de tiempo (…). No podremos decirle cuánto sentimos que haya perdido la ocasión de ver más y que haya pasado corriendo junto a bellezas que no ha notado.

Quien así se expresa es Eduardo Martínez de Pisón, geógrafo, escritor y alpinista; y no por ello deja de ser el epitafio de un modo de vivir y sentir la montaña, la naturaleza en sí. El libro de Batalla Cueto surge de la necesidad de levantar acta sobre la muerte anunciada de un tipo de montañismo que actualmente está en batalla con otro que responde y refleja los tiempos que vivimos. Dos montañismos antagónicos que cohabitan en el mismo espacio pero que siguiendo la lógica darwinista del sistema solo uno de ellos saldrá victorioso, el más fuerte.

 

“¿Está el alpinismo en declive; lo está el alpinismo concebido como aventura, como compromiso, como actividad colectiva, como conquista paciente y trabajosa?”

Recientemente, al hilo del libro, un compañero se quedo sorprendido por la temática. No tanto por el trasfondo ideológico como por el escenario al que se circunscribe, la montaña. Decía Thomas Mann en su maravillosa obra “La Montaña Mágica” que no hay no política, todo es política; y si algo deberíamos saber bien es que el espacio público es otro terreno de lucha sean cuales sean las formas en las que este se manifieste.

 

En el relato de los hechos el autor nos va poniendo sobre la mesa la genealogía de la nueva especie invasora y sus efectos devastadores sobre primeramente el “ser social” y colateralmente sobre la naturaleza.

 

“Siguiendo la estela de las estrellas del speed climbing, los nuevos adeptos quieren una montaña balizada, accesible, lúdica e inmediatamente consumible”

 

Los clubes de montaña menguan en afiliación en función inversamente proporcional a como suben exponencialmente los maratones de montaña y la adquisición de dorsales para ellos. El montañismo tradicional ya no se puede reproducir al mismo ritmo que el otro, mejor adaptado a rasgos competitivos y comerciales, con un interés individualista frente a uno asociativo. Y es que como anteriormente se apuntaba los hechos no dejan de ser el reflejo de un cambio social, vivimos instalados en el enseguida, en lo inmediato. Un reemplazo de las eucaristías del nosotros por las liturgias de yo. Y el asociacionismo montañero es un síntoma más del malestar que le acontece al asociacionismo general de nuestros barrios, ciudades, trabajos: Se ha pasado del socio activo al socio de cuota, pago y me olvido.

Se acabaron los tiempos de aquel montañismo largo y rudo, de comenzar una verdadera expedición sin otra utilidad que la del placer de un viaje de descubrimiento y porqué no de transformación, reforzar valores como el desprendimiento, la cooperación, la falta de ambición, la sensibilidad estética, las convicciones ecologistas, la reflexión filosófica, la sencillez. En frente uno funcional, anhedónico, utilitarista, competitivo, súbdito de lo cuantitativo y del rendimiento.

Los actuales galgos humanos (runners) voz de su siglo, la voz de las máquinas que dijese Mumford, que ya no escriben crónicas sobre trémulos atardeceres o nieblas alfombradas sino sobre la compilación de registros sobre calorías gastadas, pulsaciones por minuto, longitud de zancada, posiciones GPS o segundos en movimiento. Este “Thacherismo” de montaña, como nombra Batalla Cueto, cumbre del “homo faber” actual en su idiocia colectiva reivindica ese efecto placebo de alergia a lo colectivo; esa fantasía de la individualidad moderna que pierde la identidad relacional y la sustituye por una falaz identidad individual.

 

“El hombre empresario de sí mismo, siendo él su propio capital, siendo él mismo su propio productor y siendo para él mismo la fuente de sus ingresos”

 

Y es que en la genética de este nuevo ejército de muyaidines del turbomontañismo se alimenta y reproduce del totalitarismo del tiempo en la modernidad extendido hace muchos decenios a todos los ámbitos de lo humano. Lewis Mumford en su recomendable ensayo “La Era del Sucedáneo” ya aclaraba que la máquina decisiva de la revolución industrial, como se dice, no había sido la máquina a vapor de Watts sino el reloj; mecanismo disciplinador donde los haya de la clase trabajadora.

 

“En Europa, Asia y Estados Unidos, el botón más gastado de los ascensores suele ser el de cerrar las puertas , ello pese a estar programados para cerrarse entre dos y cuatro segundos después de marcar el piso”

 

En el actual estado de las cosas de la cultura de la rapidez, simplificación, distracción, fragmentación, podemos constatar que hoy la lentitud nos exaspera. Frente a ello se reivindica un montañismo lento, placer en el puro vagabundeo, meditación, contemplación, goce del acontecer.

 

“Cada vez que se reduce a un mínimo el lapso de espera entre el deseo y la satisfacción, un dios vengativo exige un precio: el que lo obtiene todo, o lo recibe de inmediato, pierde la dicha del disfrute”

 

Toca a fin de cuentas salir a caminar como acto de recuerdo y enriquecimiento frente mayormente al correr como forma de olvidar y, parafraseando a Orwell y Alba Rico, en tiempos de estupidez cronometrada, putrefacción moral e intelectual, ser conservadores en lo antropológico y ecológico se convierte en un verdadero acto revolucionario.