Ken Loach es Cine Social. Admirado cineasta de 80 años, mantiene intacto su compromiso intelectual: “el cine no cambia la historia, pero sí la agita”.

Al salir del cine después de sumergirte en esta película maravillosa de título edificante y reivindicativo “Yo, Daniel Blake” sientes una cierta sacudida de contradicción: la tristeza latente o el profundo cabreo alojados en el pecho o la garganta, y la satisfacción que resuena en la conciencia de que la especie a la que perteneces no es tan lamentable como las circunstancias que vivimos nos mueven a creer. Al contrario. Lo que es muy reparador para pensar que todo no está perdido.

Es una película que recrea el acertado concepto de la Teoría de la Liberación de “pecado estructural”: el que nos descubre que vivimos en un mundo en el que las estructuras matan mucho más eficazmente que las personas. Que es absurdo señalar la maldad (pecado) como un asunto exclusivamente personal. Y cuando las estructuras son inmorales la cuestión es ¿qué responsabilidad tenemos en su mantenimiento?

Recorremos, con la discreción escénica que menos permite despistarse, las dificultades y las miserias por las que transitan miles y miles de personas, cada vez más personas y más invisibles, en cualquier ciudad del primer mundo, el del bienestar. Y lo hacemos en la persona de un carpintero de rostro risueño, amigo de la vida, en paro por invalidez, reciente viudedad y un enorme sentido de la solidaridad, o sencillamente sensible a pesar de todo.

Deambulamos, siempre desde el disfrute incómodo del cine bien hecho, en un circuito kafkiano de esperas y ausencias en centros públicos de empleo y subsidio que “cosifican” a los necesitados, cuando no los criminalizan. Un laberinto virtual muy vigilado, pero sin asistencia, en el que se pierden, solas y vulnerables, multitud de familias o de personas. En una intencionada complejidad burocrática, la de la Soledad 3.0, que persigue el desistimiento, la cabeza baja, la derrota final y el abandono de los derechos…

Retrato de un barrio humilde, vivido por gente buena, bienintencionada, sensible y con retazos ancestrales de voluntad por ayudar. Pero está mal visto hacerlo y peor en los Centros de Asistencia. ¡Cuidado¡. No nos equivoquemos y pensemos que formamos parte de un cuerpo social, de un colectivo fraterno. Nada más lejos. Vivimos en un entorno de negocio, en el que las carencias públicas de unos son oportunidades de otros. Tus miserias, tuyas son. Algo mal habrás hecho. El que trabaja se lo merece; el que no, también. Y que éste no venga a quitarle a aquel. El sistema sabe lo que hace y se protege del fomento de vínculos de empatía poco deseables. Al contrario, se incita la sospecha, el enfrentamiento social, al odio entre los humildes. Y lo hace, entre otras formas, degenerando los servicios públicos asistenciales y abriendo la puerta a la privatización. Crueldad extrema: aquellos servicios públicos destinados a ayudar al más necesitado (si el Dios que conocemos levantara la cabeza¡¡) se hacen inalcanzables, se alejan… en su lugar surge el negocio. La secuencia perfecta: carencias forzadas de un servicio público, oportunidad para ganar dinero, a costa de empeorarlo más. En palabras de Loach, se nos muestra una burocracia increíblemente eficaz en su ineficiencia. Un ambiente despiadado, que nos sacude (sabemos que está ahí, pero no queremos verlo) pero en el que se entrecruzan, superando malezas, actitudes grandiosas de gente buena. Es un respiro. Como también lo es esa ventana que Loach siempre deja entreabierta en sus películas por la que asoma la unidad de la gente decente, su griterío rebelde que resuena, aunque nunca suficiente, para arrinconar los males de este mundo.

Daniel Blake es un carpintero, pero podía haber tenido cualquier otra profesión y ser cualquiera de nosotros. Alguien sensible que sufre el frío de la impotencia, la misma que neutraliza la dignidad y que favorece la sumisión de condiciones laborales miserables, salarios bajos, contratos basura, precariedad… estructuras pecadoras, sean políticas, laborales, administrativas, partidistas. Impotencia que se convierte en vergüenza y que nos obliga a pasar desapercibidos. Sin ruido.

Pero “él, Daniel Blake” aguanta. Tiene mucho que ofrecer, y hay que verlo…