La limpieza es una actividad poco valorada, invisibilizada y precaria. Parece que solo somos capaces de ver esta tarea cuando la realiza alguien que no esperamos. En el resto de los casos simplemente damos por hecho que sucede.

 

Fuente: El Sato Diario Autora: SALVIA GARCÍA ÁLVAREZ

Nunca he entendido por qué en nuestra sociedad la limpieza es una actividad tan poco valorada, tan invisibilizada y tan precaria. Pero el otro día vi algo en la tele que me sacudió más de lo habitual. Resulta que el personal de limpieza de algunos hospitales intentaba visibilizar su labor usando el lema “yo no limpio, yo salvo vidas”. En realidad tal colectivo quería decir justo lo contrario: salva vidas precisamente porque limpia, pero escogió esa fórmula porque, por desgracia, a mucha gente le debe parecer que dentro del verbo ‘limpiar’ no caben cosas tan grandes como salvar vidas.

 

A mí me gustaría que el mundo fuese de otra forma. Me gustaría que la limpieza fuese una actividad prestigiosa y especializada que todas las personas practicásemos de forma aficionada y algunas, además, de forma profesional. Me gustaría que aprendiéramos algunas nociones básicas sobre limpieza durante nuestra formación en la enseñanza obligatoria. Me gustaría que el personal que desempeña esas tareas de manera profesional tuviera formación especializada, condiciones seguras de trabajo y reconocimiento social acorde a la importancia de la labor que realiza.

También me gustaría que la investigación y la innovación en estos temas fuesen motivo de orgullo, pues forman parte del campo de la salud. No somos muy conscientes, pero costumbres como lavarse las manos antes de comer y prácticas como dotar a las viviendas de una entrada de agua potable y una salida de aguas fecales mejoran la calidad de vida y reducen la mortalidad tanto como el uso de muchos medicamentos y vacunas. No es casualidad que el acceso al agua potable a escala global preocupe a la Organización Mundial de la Salud.

Cuando digo formación especializada para profesionales de la limpieza me refiero a algo bastante más profundo de lo que parece. Me gustaría que todas supiéramos distinguir una limpieza buena de una mediocre. Para mí, una limpieza de calidad es aquella que logra sus objetivos sin dañar al personal que la realiza, gastando el mínimo de energía y contaminando lo mínimo. 

Para poder hacer eso se necesitan conocimientos de física, química, microbiología, materiales, sociología, ergonomía, salud pública… y todo aquello que me estaré olvidando y que podríamos completar preguntando a profesionales y usuarias (estas últimas somos todas).

Estoy harta de leer sobre limpiadoras que desarrollan alergias, hipersensibilizaciones, o intoxicaciones por el contacto repetido con los productos de limpieza y lesiones por las posturas y movimientos repetitivos. Estoy harta de anuncios televisivos de productos milagrosos para desinfectar y quitar todo tipo de manchas ¡y sin aclarar siquiera!, ocultando los riesgos ambientales y los riesgos para la salud humana de la fabricación y el uso de estos productos. Estoy harta de que se hable de las bacterias como si fueran todas iguales. Esos tres sencillos ejemplos me indican que tenemos mucho que mejorar.

Estos días nos cuentan lo bien que desinfecta el Ejército, y un poco la Guardia Civil y la Policía: todos los días nos pasan el parte del número de residencias, hospitales, calles etc. desinfectadas por estos cuerpos.

Pero no se menciona tanto que la mayor parte de la limpieza de este país la están haciendo otras personas mucho más anónimas e invisibles y con unos contratos mucho más precarios.

No solo ahora, durante esta crisis sanitaria, sino todos los días. Los servicios de limpieza son los primeros que se externalizan en el ámbito público, los últimos en los que pensamos cuando nombramos colegios, hospitales, universidades, ministerios… como si no formasen parte de ellos, como si la limpieza ocurriese sola, por generación espontánea.

Aunque colectivos como Las Kellys llevan años activando el debate social sobre las condiciones de trabajo de uno de los sectores que desempeña labores de limpieza (las camareras de piso), todavía estamos muy lejos de garantizar la seguridad y la salud de estas personas. Valgan un par de ejemplos sobre las limpiadoras de hospital sancionadas por denunciar sus condiciones de trabajo o las sentencias que apoyan la consideración del síndrome de sensibilidad química como accidente laboral para ilustrar las condiciones laborales en las que se viene realizando la limpieza profesional en nuestra sociedad.

“LA VIDA EN EL CENTRO”

Más allá de la limpieza profesional, la vertiente más cercana y cotidiana de esta actividad también deja mucho que desear actualmente. Parece que solo somos capaces de ver esta tarea cuando la realiza alguien que no esperamos, ya sean punkis barriendo en la acampada del 15M en Sol en 2011 o el Ejército desinfectando algunas residencias de mayores en 2020.

 

En el resto de los casos simplemente damos por hecho que sucede, pero no nos fijamos en quién limpia cuando se encarga de ello “quien lo tiene que hacer”. El ejemplo más escandaloso de ese fenómeno es el mandato social que impone a las mujeres cuidar de su familia en el ámbito cotidiano. En este caso, la limpieza doméstica es solo una parte más de todo un entramado de tareas que incluyen el apoyo afectivo, el trabajo invisible de animar, escuchar, mediar, estirar el presupuesto, elaborar comidas saludables, atender a las personas dependientes de su familia… Nada de eso se ve ni se valora como merece. De ahí que cierta gente no termine de asumir la parte que le corresponde en esas tareas no remuneradas, porque no hemos entendido lo importantes y valiosas que son.

Poner la vida en el centro implica transformar todo esto, abrazar un orden de valores que refleje lo que es importante para mantener nuestra vida y nuestra salud dentro de un mundo con límites. Una de esas cosas importantes para mí es una limpieza de calidad que garantice la salud de quien la realiza, de quien la disfruta y del planeta donde vivimos.