Ayer compartí con dos compañeros desconocidos un Encuentro Virtual, convocado por la Asociación Española de Neuropsiquiatría y  ha movilizado mi deseo de contar lo que nos ha pasado y poder pensar  en estos meses en los que hemos vivido una experiencia vital única, un confinamiento y una pandemia mundial.

 

Este virus silencioso nos ha empujado a lo virtual, trabajando en casa por Skype, teletrabajando y siendo conscientes de que tener una casa amplia, una terraza o azotea, era ya un privilegio del que no todos podíamos disfrutar.

 

Por Cristina Dauden: Psicóloga Clínica para El Pueblo Que Queremos

Imagen CTX. Autor: PEDRIPOL
Imagen CTX. Autor: PEDRIPOL

El cielo más azul que nunca y la atmósfera libre de contaminación ha hecho que la quietud, las calles sin coches y sin personas den paso al canto de los pájaros, incluso dentro de la ciudad. Quedaron atrás el  bullicio, el perpetuo movimiento de personas y tráfico.

 

Se comentó con gran acierto cómo esta etapa ha incrementado de forma notable la “incertidumbre inherente al  vivir”. Esta incertidumbre se ha generalizado para todos, no sólo con respecto a la salud, sino a las condiciones de vida, porque esa incertidumbre antes era sólo para los más jóvenes, para los que tenían un trabajo precario, una vivienda insuficiente, unos papeles de residencia….

 

También se comentó cómo en esta etapa hemos vivido una “gran conciencia de fragilidad”, donde la soledad, al aislamiento y el confinamiento nos han  permitido pensar en cuánto necesitamos a los otros, a los amigos, a los familiares, a nuestros mayores que no hemos podido visitar, solo a través de videollamadas.

 

Esta fragilidad ha sido caldo de cultivo para el miedo, miedo a los portadores asintomáticos del virus, miedo al otro y, por otro lado, un deseo de estar con los otros. En un principio hubo un  relato xenófobo: son los chinos con sus mercados los que nos han traído el virus. Hubo declaraciones de  algunos que llevaban tiempo viviendo en España, de cómo se les apartaron, se mostraban sus mercados sin higiene…

 

Después, cuando ya estábamos en pleno estado de alarma hubo varios relatos que se sucedieron: “esto lo vamos a vencer”, el ejército salía de la mano de los técnicos y de los responsables políticos; se empleó la metáfora de la guerra, un tanto desafortunada. Posteriormente el relato fue “todos estamos en el mismo barco”, negando las diferencias: no es lo mismo para los niños autistas o para los que viven hacinados en una única habitación. Me decía una trabajadora social que se había incrementado el maltrato a la infancia. Se mostraban imágenes de cómo  personalidades del deporte se lucían en sus hogares idílicos.

 

Otra de las cuestiones que ha estado en nuestros mensajes es  si todo esto nos va a cambiar a mejor o no. Yo soy poco optimista en relación a que una experiencia así nos cambie, entre la brecha individual y el “cambio social”.

 

Durante el pico de la pandemia y el confinamiento, el deber social era que  debíamos quedarnos en casa para que a todos nos fuera bien. El miedo a sufrir, las imágenes de los hospitales públicos, las UCIs y el trabajo de los sanitarios, que han sufrido los terribles recortes previos en la Sanidad, ha operado una salida del individualismo, pero esta salida, por desgracia, no ha venido para quedarse.

 

Lo vivido lo podemos comparar a cuando un paciente acude por primera vez a una consulta por sentir una gran vulnerabilidad por sus conflictos. Esta experiencia personal sí tiene un poder transformador, pero no una pandemia o una experiencia imprevisible.

 

Sabemos por nuestra experiencia clínica que hay una demora temporal entre una situación grave, conflictiva, y la posterior aparición de la sintomatología. Está por venir y por ver el coste emocional para cada uno. Volverán las certidumbres porque poco a poco iremos volviendo a la mal llamada “nueva normalidad”.

 

Cristina Dauden