Fuente Cuartopoder Por Pablo Castaño sábado, 18 de agosto de 2018

El tiempo es la sustancia que define por igual a la economía y a la política, es decir, el modo bajo el cual experimentamos el tiempo y la manera en la que se distribuye, delinea los contornos y las bases de un tipo de convivencia.

En poco más de cien páginas, Moruno dibuja un retrato preciso e inquietante de las sociedades contemporáneas, en las que la lógica capitalista ha invadido casi todos los ámbitos de la vida con una intensidad sin precedentes, como muestran la omnipresencia de las redes sociales y el desarrollo de la llamada economía colaborativa. Moruno combina las referencias a autores clásicos como Marx, Spinoza y Robespierre con un torrente de ejemplos de la vida cotidiana, desde las aplicaciones para ‘alquilar’ amigos para hacer frente a la creciente epidemia de soledad a la extensión del coaching como forma de dominación emocional de la clase trabajadora. Jorge Moruno (Madrid, 1982) piensa rápido y escribe rápido. Al menos esa es la sensación que transmite su último libroNo tengo tiempo. Geografías de la precariedad (Akal, 2018), un vertiginoso recorrido por la sociedad del empleo precario y la prisa permanente. El sociólogo, que también fue responsable de Discurso de Podemos entre 2014 y 2017, continúa en esta obra su reflexión sobre la precariedad y el trabajo contemporáneo, iniciada con La fábrica del emprendedor: trabajo y política en la empresa-mundo (Akal, 2015).

Hablamos con Jorge Moruno para desentrañar algunas de las numerosas cuestiones que trata en No tengo tiempo, que han saltado a la actualidad a través de noticias como la huelga de taxistas o los intentos de algunos ayuntamientos de regular la actividad de empresas como AirBnb.

 ¿Por qué decides observar la sociedad contemporánea desde la perspectiva del tiempo?

 El tiempo es la sustancia que define por igual a la economía y a la política, es decir, el modo bajo el cual experimentamos el tiempo y la manera en la que se distribuye, delinea los contornos y las bases de un tipo de convivencia. Esto era así con los griegos, donde el acceso al tiempo definía el acceso a la política y quienes no disponían de tiempo, como los artesanos porque dependían de un tercero, estaban invalidados para la participación pública.

Con la modernidad se impone el tiempo abstracto, esto es, el tiempo que mide por igual a cualquier tipo de actividad, en lugar de que sean las actividades las que ofrecen la medida temporal (como el tiempo que se tarda en rezar un padrenuestro). Antes de la modernidad existió la mercancía, el dinero y las medidas temporales con las que comprender lo que se produce, pero solo con el nacimiento de la sociedad de trabajadores se convierten en la mediación de toda la sociedad. Solo en la modernidad el tiempo social humano invertido en producir se convierte en la medida social de la riqueza: “la riqueza en las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un enorme cúmulo de mercancías,” así empieza Marx El Capital. De ahí que considero pertinente analizar a nuestra sociedad desde las contradicciones y los conflictos que se generan en torno a cómo se experimenta el tiempo y cómo su uso y distribución define a las relaciones de poder.

 Afirmas en el libro que “toda revolución pasa por reordenar el reparto y el sentido del tiempo” y pones el ejemplo del calendario creado por la Revolución francesa de 1789. ¿Qué forma de reparto del tiempo deberíamos defender hoy?

 El tiempo es una experiencia social que ordena nuestra forma de vida, así pues, cualquier cambio de orden social requiere una nueva forma de experimentar y de vivir el tiempo. Creo que debemos avanzar de una sociedad del “no tengo tiempo” hacia una sociedad del tiempo garantizado. Una sociedad capaz de ofrecer seguridad, garantías y libertad por vías diferentes a la vía laboral implica aceptar que el ser social puede ser algo más que el ser laboral y que por lo tanto, el acceso a la esfera pública, así como el reconocimiento social y el sentido de pertenencia, puedan tener lugar más allá de la figura y la identidad de trabajador; esta tercera dimensión la expresa bien La Polla Records, cuando el Evaristo canta eso de “no disfrutamos en el paro ni disfrutamos trabajando.”

Una sociedad de tiempo garantizado es una sociedad que, para poder vivir, reduce su dependencia (temporal) respecto al trabajo, lo cual permite liberar tiempo para realizar muchas otras actividades no mediadas por el circuito del dinero y el trabajo. Un tiempo garantizado requiere implantar lo que Robespierre llamaba el “derecho a la existencia” como la primera ley social; derecho a existir más allá de la condición proletaria, más allá de ser trabajador, derecho al tiempo seguro. Esta situación puede ayudar a ordenar de otra manera las relaciones de interdependencia y el reparto –y perspectiva- del tiempo entre géneros. La liberación del tiempo es condición necesaria –aunque no suficiente- para la emancipación de las mujeres y por ende, para construir otra convivencia colectiva. La democracia, como recuerda Aristóteles, es el tiempo libre de los pobres.

Pablo Moruno. / Cedida

 No tengo tiempo parte de la idea de que la época del empleo se ha terminado, no porque haya desaparecido el empleo asalariado, sino porque ya no es capaz de regir la sociedad como antes. ¿Puedes desarrollar esta idea?

 Decíamos antes que la modernidad inaugura lo que puede llamarse como la “sociedad de trabajadores,” precisamente porque el trabajo se convierte en la principal mediación social. Pero el trabajo tal y como lo entendemos es una noción histórica, una invención moderna, no es algo de toda la vida. El propio concepto “trabajo” que describe y junta bajo el mismo nombre a tareas que nada tienen que ver entre ellas, es algo moderno: que el teleoperador y la kelly sean en su diferencia lo mismo, esto es “trabajo”, se debe a esa cualidad abstracta de concebir por igual a elementos diferentes bajo una medida compartida.

Además, trabajo no es sinónimo de actividad, el trabajo solo es una relación social que incorpora a la actividad, pero que no se define por esta sino por la relación social. El trabajo solo se considera trabajo si te pagan por ello, independientemente de que consideremos que una actividad, como los cuidados, resulte fundamental para el desarrollo y reproducción de la sociedad, también la capitalista. Desde las categorías del capital y por lo tanto, las categorías del trabajo, toda actividad necesita incluirse en la relación social del trabajo para que pueda ser valorada, esto es, como trabajo que produce mercancías.

El empleo es una modalidad que tiene lugar dentro de la sociedad de trabajadores en el siglo XX. El empleo no es sinónimo de trabajo remunerado, es eso pero es mucho más, pues implica toda una regulación más amplia y una serie de características, tales como la estabilidad, la certidumbre, los ingresos suficientes, el acceso a los derechos vinculados al empleo, acceso al consumo donde la condición de ciudadanía se vincula directamente a tener un empleo.

 ¿Qué tiene que ver la llamada economía colaborativa con la crisis del empleo?

 De la descomposición de la sociedad del empleo surge la economía colaborativa, que hace de todo el tiempo de vida tiempo disponible para trabajar, tiempo para valorizar, tiempo del capital. La paradoja es la siguiente: nunca antes en Europa había trabajado tanta gente como ahora, es decir, la relación de dependencia para con el trabajo y el dinero, es más fuerte que nunca, pero al mismo tiempo resulta imposible volver a reproducir la «sociedad del empleo». El reto que tenemos delante no tiene que ver solamente con normativas laborales o con la proliferación de figuras laborales precarias; esos son los efectos de transformaciones más profundas. Porque no se trata de “trabajos atípicos”, sino del derrumbe de las sociedades que vinculan empleo a ciudadanía e inclusión social, para pasar a otra donde es el trabajo lo que se convierte en la fuente de inseguridad, incertidumbre e incapacita para desarrollar una vida digna: el trabajo se convierte en un cepo.

 ¿Qué papel ocupa el cambio tecnológico en los cambios en el reparto del tiempo?

 Hay un discurso extendido que se aplica hoy para colocar la frontera entre quienes quieren avanzar, -la luz eléctrica- y quienes se resisten a ello –los fabricantes de velas-; modernidad y retraso. Lo cierto es que a esta suerte de teología de la tecnología realmente nunca le ha importado mucho los beneficios sociales que pudiera acarrear la introducción de maquinaria, que recordemos, en sí misma ahorra trabajo, pero en manos de los capitalistas se utiliza para intensificar la extracción de plusvalor. La máquina es pertinente solo si permite hacer más con menos, por lo que los salarios bajos impiden la introducción de maquinaria porque no sale a cuenta sustituir trabajadores.

Solo cuando la ley fabril limita los turnos y los padres no le quieren vender a sus hijos a jornada parcial en lugar de completa, se introduce la maquinaria, solo cuando se prohibió que bajasen niños menores de 10 años y mujeres jóvenes desnudas a la mina, se introdujo la maquinaria, e incluso a mediados del siglo XIX todavía se utilizaba a mujeres en lugar de a caballos para sirgar en los canales, ¿por qué? Mantener a un caballo era más costoso. Por lo tanto, necesitamos renovar el proyecto de emancipación que practique una suerte de ludismo invertido: tiempo para todas las personas, no solo para los ricos. No es avance contra retraso, sino democracia contra servidumbre, el tiempo libre de los pobres o el tiempo esclavizado.

 ¿Qué lugar deben ocupar propuestas como la renta básica universal y el empleo garantizado en esta época del postempleo?

 Esto tiene que ver con la primera pregunta que me haces ¿de qué manera ordenamos el tiempo? ¿qué modalidad de libertad se defiende? No me interesa tanto fetichizar medidas como comprenderlas dentro de un sentido y orientación más amplio. El neoliberalismo ha extendido la libertad entendida como no interferencia, es decir, que nada se interponga entre mi deseo y la acción si se dispone dinero para ello: eres libre porque puedes venderlo. La libertad del dinero para hacer lo que quiera implica que mucha gente tenga que hacer cosas que no quiera para conseguir algo de dinero: es la libertad de comprar el tiempo de otros porque no disponemos de tiempo. De este modo, somos mercancías que tienen cada vez más difícil venderse lo suficiente, lo que torna obsoleta a una parte creciente de la población. En esta libertad, logras ser visto y sentido si dispones de los medios que te lo permiten.

Nos hace falta otro imaginario que consiga articular horizontes compartidos acorde a las realidades vividas: necesitamos caminar hacia los derechos de existencia desvinculados de la relación laboral, que ofrezcan la seguridad de toda persona de vivir con dignidad para que pueda ejercer la libertad en igualdad de condiciones. Hay que romper con el imaginario del pleno empleo propio de la socialdemocracia y con la glorificación del trabajo y el trabajador de la III Internacional, así como “el ser tu propia empresa” neoliberal: pasar de una sociedad basada en el derecho al trabajo a una sociedad basada en el derecho al bienestar. Avanzar a una forma del ser en sociedad que no venga definida por el ser laboral. Ahí el feminismo puede ser una potente crítica a la economía política.

 En el libro señalas que cosas como hacer la compra en el mercado, que necesitan cierto tiempo, o incluso dormir, se han convertido en tareas que hay que llevar a cabo lo más rápido posible, porque estamos obsesionados con ‘aprovechar’ el tiempo al máximo. ¿Qué papel puede cumplir el llamado ‘movimiento slow’ para combatir esta tendencia?

 No lo conozco en profundidad pero a priori soy escéptico, no porque me parezca mal ralentizar los tiempos, sino porque intuyo que se presenta como una “filosofía de vida” que aparece en las revistas de los domingos que vienen con los periódicos. Una “elección” más dentro de un abanico donde todos somos libres de elegir lo que queremos siempre omite las condiciones que permiten poder elegir quién decide, lo que se elige y por qué vía se satisface. Una madre soltera que tiene una hora de ida al trabajo y otra de vuelta y después tiene que preparar la cena, ¿cómo se suma al ‘movimiento slow’? Sin embargo, que esto sea así no le resta impulso a las proyecciones imaginarias sostenidas sobre el derecho a elegir.

El “derecho a elegir” que reclama Uber es una consigna en sintonía con el sentido común de época neoliberal: lo que en el ámbito del mercado se presenta como una elección libre, en la esfera de la producción lo hace como un infierno. Es el ciclo de la precariedad: generar precariedad para ofrecer servicios a los precarios; es necesario modificar la imagen sobre qué derecho prevalece y mejorar las condiciones de vida para evitar que la precariedad sea un nicho de mercado.

Aquí el aspecto somático que destaca la comodidad y la experiencia busca ofrecer a cada cliente una sensación de monarca absoluto, que es soberano porque paga y porque puede pagar, puede elegir. Ese “yoísmo” no deja de ser una conciencia colectiva y una experiencia compartida, asentada sobre una modalidad concreta e histórica de individuo. En lo inadvertido se presenta la ideología concentrada. La experiencia neoliberal del “yoísmo” es una persecución por tratar de frenar el paso del tiempo, a la vez que intenta que todo pase lo más rápido posible.