La calidad educativa depende de profesores vocacionales con una formación exigente

Uno de los acontecimientos claves en la modernidad es el desarrollo de la sociedad de clases. En una sociedad de clases –recitan mis alumnos, que lo han estudiado en Historia– el lugar de una persona depende de su riqueza y su capacidad para generarla. Seas quien seas, si eres listo y trabajador llegarás dónde te propongas. Una educación igual para todos y la libre competencia bajo las leyes del mercado serían la garantía de este grado de movilidad social en que muchos cifran aún el ideal de justicia.

El problema es que todo esto es taimadamente falso. Aun en el caso de que esa idea de justicia (basada en méritos) fuese justa (y que tener riqueza y talento dependiese estrictamente de uno mismo), ni la educación es igual para todos ni la competencia o el mercado son –ni han sido nunca– libres. La verdad es que la mayoría de mis alumnos no saldrá jamás de su nicho social, por mucho talento y esfuerzo que demuestren. La razón es que no son parte de esa élite que acapara y transmite a sus hijos la riqueza, la propiedad y los puestos de privilegio en empresas e instituciones (mientras nos entretiene a los demás con la fábula del que comienza trasteando en el garaje y acaba en la lista Forbes).

Es algo que no se oculta a nadie. Salvo excepciones, y en nuestro entorno (el ejemplo lo ponen EEUU o Reino Unido), la inmensa mayoría de los cargos ejecutivos de grandes empresas, así como políticos, jueces, militares o profesionales liberales de prestigio (incluyendo artistas e intelectuales) provienen de colegios privados en los que estudia una exigua parte de la población. Las aulas de ciertas universidades, también privadas, ponen el resto en esa tarea de «reproducción» de la desigualdad en la escuela que señalaban los sociólogos marxistas de los años 60.

En este sentido, la presunta generalización de la educación es una estafa global. Según informes del Banco Mundial encajonar a los niños pobres en escuelas igual de pobres a repetir la tabla de multiplicar no da –oh, sorpresa– los resultados esperados. La educación tradicional se generaliza cuando ya no sirve como criterio de discriminación social. Qué todo el mundo pueda ir a un colegio o a la universidad no significa que todo el mundo tenga acceso a la misma educación. Esa es la trampa. Una trampa especialmente innoble allí donde se tienen los medios para evitarla.

Un estudio de la Universidad Complutense demuestra que España es uno de los países en los que hay más desigualdad educativa, algo a lo que, según el estudio, contribuye el crecimiento de la educación privada, la competencia de centros mediante la publicación de rankings y la creación de distritos únicos en comunidades en las que gobierna el mismo partido que perpetró la LOMCE. Más pruebas de esta segregación son el elevado número de colegios privados (a veces rondando el 50%) en las regiones más ricas (Madrid, Cataluña, País Vasco), o el porcentaje de alumnos en riesgo de fracaso escolar con nivel socioeconómico bajo: seis veces más que los estudiantes de familias ricas, según el informe PISA.

Si algo debería ser prioritario en la negociación del Pacto por la Educación es la reversión de esta tendencia a reproducir en la escuela el mismo y sangrante nivel de desigualdad social en que España es líder absoluto de la UE. No tendría que ser tan difícil. Si en algo coinciden el ideal de justicia de liberales y socialdemócratas es en el requisito de la igualdad de oportunidades. En algunos países de nuestro entorno esta coincidencia se ha plasmado en sistemas educativos públicos de altísima calidad (y la reducción hasta la insignificancia de la educación privada y concertada). ¿Por qué aquí no?

La calidad educativa depende de profesores vocacionales con una formación tan exigente como la de un médico y de la implementación de métodos pedagógicos avanzados en centros bien dotados y con ratios reducidas. No hay más misterio. Mantener lo que hay puede ser barato o cómodo, pero a la larga es un desastre, en todos los sentidos. ¿No estamos en lo de romper techos de cristal? Pues aquí tienen el más grande de todos: la desigualdad educativa.

Fuente: Víctor Bermúdez (elperiodicoextremadura.com)