A finales de abril de 2011 fallecía el escritor argentino a la edad de 99 años. Sensible a los problemas de las clases sociales más humildes. Sabato nos decía

¡Yo soy un anarquista! Un anarquista en el sentido mejor de la palabra. La gente cree que anarquista es el que pone bombas, pero anarquistas han sido los grandes espíritus como, por ejemplo León Tolstoi”.

 

 No se puede decir que fuera el anarquista clásico, el militante que durante su vida se ve inmerso en numerosas luchas en pro del ideal anarquista.

El anarquismo de Sabato era más bien de carácter humanista, más concretamente, anarcocristiano, de la rama tolstoiana. En dos de sus obras podemos contemplar con mayor claridad su experiencia y relación con los anarquistas argentinos. Ya en su libro “Sobre héroes y tumbas” (1961), una de las novelas claves de la literatura del siglo XX, hace alusión a la lucha de los anarquistas como Severino Di Giovanni y el debate en los círculos libertarios entre los partidarios de la violencia y los que no. En “Antes del fin” (1998), sus memorias, recuerda en varios pasajes sobre su vinculación con el anarquismo. 

“De ese tiempo [con 16 años], recuerdo las manifestaciones del Primero de Mayo, una conjunción de protesta y a la vez de profunda tristeza por los mártires de Chicago. Eterno funeral por modestos héroes, obreros que lucharon por ocho horas de trabajo y que luego fueron condenados a muerte: Albert Parsons, Adolf Fischer, George Engel, August Spies y Louis Lingg, el de veintitrés años que se mató haciendo estallar un tubito de fulminato de mercurio en la boca. Los cuatro restantes fueron ahorcados. Posteriormente, la investigación probó que eran inocentes de la bomba arrojada contra la policía. Estos obreros declararon estar orgullosos de su lucha por la justicia social y denunciaron a los jueces y al sistema del cual ellos eran típicos representantes. Hasta el último momento no renegaron de sus convicciones. Muchos años después, el gobernador reconoció la inocencia de estos hombres, y se levantó un monumento, la Tumba de los Mártires.” “También se organizaban entonces marchas por el general Sandino y por los nobles y valientes Sacco y Vanzetti. Las manifestaciones congregaban a unos cien mil obreros y estudiantes, unos bajo la bandera roja de los socialistas, y los anarquistas bajo la bandera rojinegra. En todo el mundo se hicieron protestas en solidaridad por aquellos dos mártires del movimiento, condenados a muerte por un crimen que no cometieron. Al igual que con los obreros de Chicago, los tribunales norteamericanos debieron reconocer su inocencia. Hasta el momento mismo en que fueron salvajemente atados a la silla, declararon su inocencia”.

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