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La Aporía Catalana · El Pueblo Que Queremos

 Publicado el 14/09/2017 para Infolibre

El conflicto catalán se cimienta en la coexistencia de diferentes discursos que marcan rutas diferentes que conducen a lugares muy distintos. El gran problema es que las señalizaciones de esos distintos caminos indican que supuestamente te llevan al mismo lugar que la mayoría ansiamos encontrar, ese destino donde se encuentra la democracia, la libertad, el civismo, la confraternidad y la justicia. Normal, que muchos se confundan. La falsa señalización nos puede desorientar.

El término aporía proviene del griego. Se utiliza en filosofía para referirse al planteamiento de problemas aparentemente irresolubles. Cuando surge una aporía, la dificultad radica en que los razonamientos conducen a la consideración de que un problema no tiene solución. La filosofía ha corroborado que las aporías, en ocasiones, son un simple espejismo derivado de que los razonamientos de partida son erróneos. Respecto al debate sobre Cataluña, tengo la sensación de que estamos ante una falsa aporía. Si damos por buenos los argumentos que habitualmente se escuchan, llegaremos en nuestro recorrido ante un muro insalvable. La clave está en no aceptar los caminos por los que nos quieren derivar. Son calles sin salida no señalizadas como tales, a través de los mensajes lanzados en los medios de comunicación.


Siempre resulta enormemente complejo determinar la influencia real de la comunicación en una campaña política. En ésta, en concreto, cabe entender que lo sucedido hasta ahora ha servido fundamentalmente para acentuar el frentismo existente y para reforzar a los seguidores más convencidos de cada bando. No es poco. Sin embargo, la marcha de los acontecimientos vislumbra un conflicto que se va a alargar en el tiempo. Por ello, es especialmente valioso atender a la evolución del fenómeno. En realidad, el enfrentamiento sólo se resolverá cuando una de las dos posturas desequilibre el estatus actual y se produzca un importante cambio de la opinión de los ciudadanos situados en la zona central del conflicto.
La guerra entre secesionistas y constitucionalistas vive en la comunicación una batalla descarnada. Creo que el denominado procès no hubiera llegado tan lejos de no haber sido por la construcción de un argumentarlo bien diseñado desde su origen.

Veamos algunos ejemplos:

  1. El mundo independentista ha contado con un discurso único compartido por partidos absolutamente diversos. De esta forma, los argumentoscobraban siempre mayor fuerza, al transmitir la sensación de que se trataba de defender valores indiscutibles y unitarios por encima de cualquier componente partidista. En frente, los contrarios a la secesión han aparecido como un colectivo desunido y disperso. En ocasiones, algunas fuerzas políticas han recurrido casi a pedir disculpas por ir en el mismo bando que otros partidos con los que mantiene una abierta confrontación. En otras ocasiones, se buscan equilibrios imposibles para poder situarse en un territorio intermedio que no perjudique su marco ideológico. Es evidente que esta división interna, basada en intereses electorales, ha restado siempre fuerza a sus posiciones.
     
  2. Otro principio de la estrategia de comunicación del independentismo ha sido el de fijar la imagen de su rival centrada exclusivamente en una de sus partes. En concreto, en el PP, en sus políticas, sus escándalos, su pasado y su imagen más retrógrada y anticatalana. El resto de las voces contrarias, fundamentalmente el PSOE y Podemos, siempre han sido evitadas y únicamente se ha criticado de ellas su colaboracionismo con el “mal” que el PP representaba según su descripción. Por el contrario, la dispersión de las fuerzas contrarias a un referéndum con evidente ausencia de garantías democráticas ha impedido cotidianamente escuchar argumentos contundentes, recurrentes y unificados. Así hemos oído a Joan Tardá decir que se quiere ir de España “por la insoportable corrupción del PP”. Mientras, es imposible pensar, por razones evidentes, en una coincidencia de discurso entre Rajoy y Pablo Iglesias, por ejemplo, para criticar el liderazgo en el procésde un partido manchado de corrupción hasta sus cimientos como era Convergencia.
     
  3. La campaña por el SÍ se ha apoyado en un planteamiento positivo, esperanzador y casi festivo, dejando de lado las evidentes amenazas y debilidades que conlleva un proceso planteado de forma unilateral y divisoria. El mensaje resultante se ha apoyado siempre en un aparente optimismo inasequible al desaliento, en ocasiones un poco sonrojante, que ha intentado despertar un sentimiento compartido de ilusión y confraternidad. Por el contrario, la dispersión de los discursos de los portavoces políticos defensores de la legalidad constitucional se ha centrado fundamentalmente en sembrar temores y mostrar las divergencias internas, como justificación a la pertenencia a un frente no deseado. Ha sido la batalla entre la ilusión y la esperanza (aunque en ocasiones se trate de ilusionismo y retórica), frente ala fría razonabilidad en defensa de lo establecido.
     
  4. El frente secesionista ha buscado transmitir a sus convencidos que la lucha era contra el sistema que ha llevado al mundo actual a una generalizada crisis de credibilidad en el modelo político existente. Como si partidos establecidos como la ex Convergencia, rebautizada por exigencias del guión, o ERC no pertenecieran exactamente al mismo mundo que los grupos con los que se confrontan. Bajo esta disyuntiva, se da la oportunidad a sus seguidores de elegir entre el cielo y el infierno, entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad. En una encuesta callejera emitida en El Intermedio esta semana pudimos escuchar una declaración paradigmática. Una madre defendía ante la cámara preferir que su hijo no estudiara, antes que permitirle la oportunidad de cursar una carrera universitaria en Madrid.
     
  5. Siguiendo la lógica de cualquier producción norteamericana, uno de los principios básicos, que busca dar cierto valor heroico a los dirigentes del movimiento independentista, es el insistente recurso de elevar sin miedo a la hipérbole el gran poder maléfico de su rival. Hemos oído centenares de declaraciones en esta línea. Puigdemont ha manifestado sin rubor que España no es una democracia y Pep Guardiola no duda en definir a España como “un estado autoritario”. Evidentemente, para que cobre fuerza el impulso de rebeldía y de ruptura se hace indispensable que la magnitud de la maldad del oponente sea ilimitada. Por tanto, no cabe utilizar el matiz, la contemporización o el relativismo. Es evidente que la mitad de los ciudadanos de Cataluña y la inmensa mayoría de los habitantes del resto de España que son contrarios a la secesión unilateral no representan en absoluto a ese supuesto omnímodo poder maligno. Por eso, nunca aparecen en el relato.
     
  6. El tradicional victimismo achacado a la tradición política del nacionalismo catalán vive estos días su período de máximo esplendor. Tiene todo el sentido tras lo descrito anteriormente. El débil, el perseguido, el castigado despierta siempre un lógico sentimiento compasivo que invita a la solidaridad, la rebelión y la venganza. Sólo desde esta perspectiva pueden entenderse algunas argumentaciones carentes de toda racionalidad. Tal es el caso de la afirmación reiterada de los líderes secesionistas que defienden la raíz política del problema y, por tanto, la necesidad de una solución basada en un nuevo acuerdo negociado y no en la aplicación de la legalidad constitucional aprobada democráticamente por el propio pueblo catalán en 1978. El discurso pierde toda su lógica cuando apoya incondicionalmente un nuevo marco legal impuesto por una exigua mayoría parlamentaria que desprecia todo posible principio de ejercicio democrático y abierto de la política. Si el problema real de la vida en Cataluña es la existencia de un marco legal que se sobrepone sobre el diálogo político, qué sentido tiene imponer ilegalmente otro marco legislativo surgido sin un acuerdo político negociado. El espectáculo vivido en el Parlament es seguramente la imagen más perniciosa mostrada por los independentistas. Si el problema es político y no jurídico, ¿por qué se plantea como solución un supuesto nuevo marco jurídicoque no contempla pacto político alguno?
     
  7. Es llamativa la estrategia decidida por Mariano Rajoy. Después de un largo período lleno de inconsistencias y cruce de intereses electoralistas intenta ahora eludir la polémica política. Dejar en manos de jueces y fiscales la toma de decisiones en el momento más delicado pretende restar fuerza al argumento de la existencia de un régimen autoritario y cruel manejado por un Estado que aplasta hasta los derechos humanos, tal y como asombrosamente se ha llegado a decir. El Gobierno intenta así trasladar a la opinión pública que el enfrentamiento no se produce entre un pueblo que lucha por la libertad y la justicia frente a un gobierno dictatorial y represor. Se intenta que el conflicto real se dirima entre quienes defienden la ley que emana del orden constitucional democrático y quienes pretenden retorcer la legislación para conseguir imponer al resto de la sociedadsu modelo político.

Cabría aportar multitud de ejemplos más. La aporía catalana no existe. Es en realidad un juego de comunicación. Quienes defienden la secesión y el enfrentamiento aluden a que las medidas manifiestamente estrambóticas que se toman se deben a la demostrada imposibilidad de resolución del problema. Si los razonamientos sobre los que basamos nuestras argumentaciones son falsos, equivocados o confusos es lógico que conduzcan a conclusiones igualmente falsas, equivocadas o confusas.