En 1914 surgió un grupo de mujeres que lucharon por los derechos de la mujer en una España que las condenaba a la mediocridad y que se convertiría en la generación de pensadoras y artistas femeninas más importantes e influyentes de la historia cultural española.

Cuando hablamos de memoria histórica no estamos haciendo referencia en exclusiva al conflicto, las disputas y los enfrentamientos entre colectivos y partidos políticos en torno a la cuestión de las fosas comunes repartidas por todo el territorio español como consecuencia de la Guerra Civil. No, la memoria histórica atraviesa todos los temas que están relacionados con la cultura de un país. Y la literatura, obviamente, es uno de ellos. Estamos haciendo referencia a toda una serie de cuestiones que atañen a la manera que tenemos de relacionarnos con nuestro pasado, de recuperar y construir una historia nacional lo más justa posible, y en este caso concreto, a nivel literario, vemos un claro ejemplo cuando nos acercamos a las Sinsombrero y a la Generación del 27.

Al hablar de la Generación del 27 estamos haciendo referencia a toda una pléyade de autores sin la cual es imposible comprender el arte y la cultura contemporáneos de nuestro país. Nombres de integrantes del grupo como Federico García Lorca, Rafal Alberti, Manuel Altolaguirre o Pedro Salinas en el ámbito literario; Luis Buñuel en el cine, o Salvador Dalí y Manuel Ángeles Ortiz en las artes plásticas, nos vienen de inmediato a la cabeza. En nuestra mente aparecen las imágenes de la Residencia de Estudiantes de Madrid y, en general, fotogramas de una época en la que la cultura española alcanzó uno de sus momentos de mayor esplendor.

Pero ¿por qué hubo que esperar medio siglo para conocer a las mujeres que la integraban, por qué no conocíamos sus nombres ni sus trayectorias?

Porque eran mujeres, brujas que habían apoyado la República. Tras la Guerra Civil algunas se quedaron en España y fueron condenadas a un exilio interno que las marginaba para desterrarlas por completo de la vida pública. Las que se fueron se llevaron consigo un pequeño trozo de esa otra patria. Otra patria (la de los que perdieron) que el régimen se encargó de arrasar desde el primer momento, utilizando la represión física e intelectual, hasta el punto de borrar, no solo de los escritos, sino de la memoria colectiva, su recuerdo. Tras la victoria del bando nacional, la nueva ola cultural española, que se había convertido en una referencia a nivel internacional durante los años veinte y principios de los treinta, fue juzgada y condenada al olvido.


«Una patria Señor, una patria pequeña, como un patio o una grieta en un muro muy sólido. Una patria para reemplazar a la que me arrancaron del alma de un sólo tirón».
MARÍA TERESA DE LEÓN


El término de las Sinsombrero tiene su origen en el gesto de quitarse el sombrero en público que protagonizaron Maruja Mallo, Margarita Manso, Salvador Dalí y Federico García Lorca en la Puerta del Sol. Pero, antes de empezar a hablar de este grupo de intelectuales y artistas españolas, vamos a remontarnos al origen de esa nueva ola que desembocaría en la Generación del 27.

En 1914 surgió un grupo de mujeres que lucharon por los derechos de la mujer en una España que las condenaba a la mediocridad y que se convertiría en la generación de pensadoras y artistas femeninas más importantes e influyentes de la historia cultural española. Victoria Kent, María de Maeztu o Clara Campoamor crearon toda una conciencia femenina que devolvía a la mujer la voz. Fueron mentoras de María Teresa León, Concha Méndez, Maruja Mallo, Ernestina de Champourcín, María Zambrano, Rosa Chacel o Josefina de la Torre, entre otras.

Tras la muerte de Franco, la obra de ellos se reconoció y se incluyó en los libros de texto, pero los nombres de ellas siguen, muchos años después, sin tener un lugar destacado entre los referentes de la cultura contemporánea de nuestro país. Se hicieron desaparecer sus creaciones con disimulo de un relato histórico edificado sobre las bases ideológicas y morales del bando victorioso y de una Transición en la que no había tiempo (ni interés) para prestar atención a estos detalles.

Ellas no están al margen de la calidad literaria, ni ahora, ni entonces, pero en aquella España la igualdad de género era algo inexistente. Por eso es posible que nunca hayáis escuchado sus nombres o que no os suenen ni lo más mínimo los títulos de sus obras. María Teresa de León, escritora de primera línea y activista, secretaria de la Alianza de Escritores Antifascistas y una de las principales artífices del lanzamiento del II Congreso de Intelectuales en Defensa de la Cultura, quedó relegada a un segundo plano y ensombrecida por la fama de su pareja Rafael Alberti, cuando sus textos no tenían nada que envidiarle a los del poeta gaditano. Para el que no se lo termine de creer, y para el que quiera hacerse una idea de lo que significó la II República, la Guerra Civil y el exilio para una mujer, lo unida que iba su libertad con la libertad republicana, basta con que lea Memoria de la melancolía, publicado en 1970 y que, probablemente, es uno de los mejores libros de memorias de la literatura contemporánea española.

Maria teresa de leon

Otro ejemplo es el de Ernestina de Champourcín, olvidada durante mucho tiempo a pesar de que sus poemas fueron incluidos en la antología de Poesía española contemporánea de Gerardo Diego (1934) junto a Luis Cernuda, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre o Pedro Salinas.

Ernestina de Campourcin

Concha Méndez, escribió libros como Inquietudes (1926) o Surtidor (1928), donde desde joven experimentó con la imagen y el lenguaje, aunque nunca llegara a ser una vanguardista. Decidió irse sola a Argentina y publicó Canciones de mar y tierra (1931) tras meterse de lleno en el ambiente intelectual porteño de aquellos años. Prueba de ello son las ilustraciones de este libro, realizadas por Nora Borges, hermana de Jorge Luis Borges. En Vida a vida (1932), libro en el que influirá su relación con Manuel Altolaguirre, se aprecia una evolución de su lenguaje poético. Altolaguirre y ella crean la imprenta La Verónica y empiezan a editar la revista Héroe, en la que aparecerán obras de Juan Ramón, Pedro Salinas o Unamuno, además de poesía de tendencia vanguardista en obras como Niño y sombras (1936) y Lluvias enlazadas (1939). Contribuye a la difusión de la obra del grupo del 27, editando colecciones y revistas como Poesía, 1616 y Caballo verde para la poesía (dirigida por Pablo Neruda).

Concha Mendez

Josefina de la Torre permaneció en España tras las Guerra Civil, llevando a cabo una enorme labor, siendo uno de los iconos femeninos de las vanguardias españolas en lo que se refiere a la participación en la vida cultural e intelectual. Artista multidisciplinar, dobladora de Marlene Dietrich, con veinte años escribió Poemas de la isla (1930), libro que la sitúa en la órbita literaria española. Aparece también en la antología de Gerardo Diego de 1934 y es conocida como la voz insular de esta generación.

Josefina de la Torre

Maruja Mallo pintora y amiga de Salvador Dalí, se codeó más tarde en el exilio con Picasso, Magritte o Miró y fue referente del surrealismo en Argentina y Nueva York. Murió en España sin reconocimiento.

maruja mallo

Rosa Chacel escribió obras como Teresa (1941), con un mensaje muy claro sobre el papel de la mujer y su capacidad para transformar un estado social y una escala de valores determinados. Para liberar a la mujer en su esfera íntima y en su papel social. Desde muy joven, junto a María Zambrano, se convirtió en seguidora de Ortega y Gasset. Novelista, poeta, ensayista, con la llegada de la Transición y los cambios que se dan en las esferas literarias y culturales del país se produce un redescubrimiento de Rosa Chacel y se empieza a valorar su obra. En 1976 recibió el Premio de la Crítica por Barrio de Maravillas, en 1987 el Premio Nacional de las Letras y en 1993 la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes.

Rosa Chacel

Nuestro país tiene muchas deudas que saldar, sigue sin entender (o al menos algunos grupos) lo que significan términos como memoria colectiva o política de la memoria.  Debemos rescatar a las Sinsombrero para reconciliarnos con nuestra historia, con nuestra literatura, con nuestra cultura. Pero no solo tenemos deudas pendientes con las generaciones pasadas, porque hablar de este grupo de autoras españolas es hablar de por qué a las mujeres se las oculta en la literatura. Por qué se las esconde.

Lo que pasa con las Sinsombrero sigue pasando ahora con muchas autoras. Los que dicen que hay igualdad, o los que se atreven a afirmar que las mujeres de nuestro tiempo no están a la altura de los hombres a nivel literario, mienten. Lo que sí ocurre es que del lugar que les corresponde les hemos dado solo un rincón, una esquina para dejar algunas conciencias tranquilas y contentar a los mediocres. La realidad es que el machismo existe, en nuestro país y en nuestra literatura. Y si no, ¿por qué hemos tenido que esperar casi medio siglo para que se haya reconocido, por ejemplo, una de las novelas más innovadoras y de mayor calidad del 27?

Sí, hablo de Tearooms, una novela con un marcado carácter social, escrita por Luisa Carnés, con experiencias reales de las mujeres trabajadoras de la época, reeditada en 2016 por la editorial Hoja de Lata.

Hay que reivindicar el papel de todas estas mujeres, que participaron y colaboraron, teniendo una estrecha relación con los miembros masculinos del 27, en las publicaciones literarias y proyectos educativos más importantes de la época, como las Misiones Pedagógicas.

Y al que quiera replicar le lanzo la siguiente pregunta: ¿por qué España no escucha a las mujeres de la Generación del 27, por qué no están en las portadas de los libros, de las antologías, por qué siguen estando únicamente en las lápidas bajo las que yace su cuerpo? ¿Por qué no tienen un lugar destacado en la historia de nuestra literatura?

¿Por qué España olvida a sus mujeres?

Fuente: Juan Domingo Aguilar (ocultalit.com)

Contacta con la asociación