A primeros de mes el ministro de Consumo tuvo el detalle de hacer “bien” su trabajo y, a través de la campaña “MENOS CARNE, MÁS VIDA”, propuso racionalizar las costumbres dietéticas de los españoles en base a las recomendaciones sanitarias y medioambientales de organismos internacionales, científicamente contrastadas. Un eslogan cuya certeza en lo individual y en lo colectivo nadie sensatamente cuestiona y que, con urgencia, a TODAS nos conviene hacer realidad.

 

Opinión: por Jose Ramón De León

Sin embargo -una vez más- las certezas son obviadas y en el patio mediático el ruido más desatinado se desborda encabezando la delegación protesta el presidente del gobierno (despreciando su Plan para España 2050) con su frase desafortunada y fanfarrona “..donde me pongan un chuletón al punto.. eso es imbatible” en la que nos anima a seguir anclados en la irresponsabilidad o en la ignorancia. En la misma imprudente línea carnívora, representantes de la oposición alardean de unos grasos menús que califican de “mediterráneos” a base de empanados y parrilladas.

Si entendemos la política como la búsqueda del Bien Común, estos gestos tarambanas de quiénes nos representan decepcionan profundamente y conviene hacerles llegar, con claridad, nuestra frustración y exigirles mayor luz y mejor criterio.

 

Como las críticas burdas a la campaña han sido muchas y muy limitados los argumentos fundados respecto a la idoneidad de consumir carne veamos, sin golpes de pechos abombados de orgullo gastronómico de dudoso gusto, lo que dicen las evidencias científicas al respecto, en concreto por lo que respecta a asuntos -tan baladíes para nuestros políticos- como la salud y el medio ambiente.

SALUD:

Desde el punto de vista nutricional, no cabe duda de que la carne es un alimento interesante. Entre otras cosas porque es fuente de proteína de alto valor biológico, de vitaminas del grupo B y es especialmente rica en hierro (sobre todo la carne roja). También aporta grasa, principalmente saturada en carne de rumiantes, y con un mayor grado de insaturación en el caso de la carne de cerdo. Estas características nutricionales hacen que la carne se incluya en patrones alimentarios considerados como saludables, como puede ser la Dieta Mediterránea. De hecho, la “presencia” de la carne dentro de la Dieta Mediterránea es uno de los argumentos que más se ha utilizado para defender su consumo. Sin embargo, y puestos a profundizar -práctica en franca retirada- en lo que es la Dieta Mediterránea, cabe destacar que la recomendación de consumo de carne es moderada para la blanca y poco frecuente para la roja (es decir, lo mismo que dice el eslogan repudiado). Es más: la Escuela de Medicina de Harvard recomienda que cuando se consuma carne (especialmente la roja), se haga en raciones pequeñas (85 a 115 g) y acompañadas de abundantes vegetales. En el caso de la carne procesada (embutidos, salazones cárnicas y patés), su consumo está NO recomendado.

En cuanto a las razones principales para aconsejar que se reduzca el consumo de carne, especialmente la roja, sobresale su potencial carcinogénico. Así, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) publicó un artículo en 2015 en la revista Lancet Oncology donde se clasificaba la carne roja en la categoría 2A (probablemente carcinogénica para el ser humano) a partir del análisis de más de 800 estudios epidemiológicos. Numerosos trabajos sacaban a relucir una relación entre el consumo de carne y el riesgo de padecer cáncer de colon. Por otro lado, cabe recordar que el consumo de carne también está relacionado con el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, según un reciente estudio llevado a cabo en los Estados Unidos con una cohorte de casi 30.000 personas.

Lo preocupante del asunto, que agrava la hinchada carnívora que dirige la política en España, es que según el último informe de consumo publicado por el gobierno, el consumo per cápita de carne se ha incrementado en un 10.5% en el último año, siendo de 36,2 kg de carne fresca al año por persona. Esto supone un consumo por persona de alrededor de 700 g de carne a la semana, una cantidad que está por encima de las recomendaciones de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN). A saber: 200-500 g de carne a la semana, preferiblemente blanca (pollo o conejo). En cuanto al consumo de la carne roja, la misma Agencia recomienda que su consumo no supere las 2 raciones (200-250 g) por semana. A la vista de estos datos, es evidente que actualmente el consumo de carne en España supera lo que para la ciencia sería un consumo recomendable.

Si a esto se añade la aplicación de temperaturas muy altas a la carne durante largos períodos de tiempo favorece la generación de compuestos tóxicos con potencial carcinogenicidad, tales como aminas heterocíclicas, hidrocarburos aromáticos policíclicos (principalmente durante el asado a la parrilla) o incluso acrilamida (especialmente si se reboza o empana la carne). Huelga decir (aunque a la vista de algunos “tweets” algo tardos, quizá no tanto) que sería recomendable evitar un consumo excesivo de carne frita o asada a la parrilla.

 

IMPACTO MEDIOAMBIENTAL:

El sector ganadero y muy particularmente el industrial (intensiva) contribuye significativamente al total de emisiones humanas de gases de efecto invernadero (GEI), según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), muy cerca de las emitidas por todo el transporte mundial.

La carne industrial tiene un devastador coste ambiental. No solo acelerando el cambio climático por la emisión de GEI y la deforestación para pastos, sino también por la pérdida de biodiversidad (de graves efectos como el de la pandemia que sufrimos) o la contaminación y el consumo de ese recurso cada vez más escaso y preciado que es el agua.

Según la FAO el 70% de la huella hídrica a nivel mundial está relacionada con lo que se come, de ahí la importancia de orientar su consumo. Los datos son claros:  la carne es el producto que, con diferencia, más litros precisa para su elaboración (15.400 litros de agua para producir 1 kilo de ternera; 8.700 litros para 1 kg. de cordero; cerca de 6.000 litros para 1 kg. de cerdo y 4.300 litros para 1 kg. de pollo). Frente a ello, ciertas legumbres, las frutas y verduras son los que menos agua necesitan (50 litros 1 kilo de lentejas o guisantes; 350 litros 1 kg de manzana y 250 litros 1 kg de naranja o de patatas; 60 litros para producir 1 kg de tomate o de lechuga; 3.400 litros 1 kilo de arroz; 1.000 litros 1 kilo de trigo o de maíz)

Por países, España es el segundo país de Europa con mayor huella hídrica (6.700 litros por persona y día).

Sin duda que en el análisis en profundidad del consumo de carne la dimensión económica de este sector productivo debe tenerse en cuenta, y al hacerlo, considerar aquellas fórmulas de transición que hagan la imprescindible evolución dietética lo menos traumática posible. Pero esa transición debe hacerse y como paso previo convencer -informando- a la ciudadanía de su necesidad.

La forma en que ha “corrido” la polémica con la campaña, dirigida a reducir el consumo de carne, deja claro que este es un tema impopular en España. Esta circunstancia obliga a los responsables políticos que, teniendo muy presente el interés común (sin entrar en el sufrimiento atroz que se infringe a los animales que, por fortuna, cada vez a más personas importa de hecho y no sólo de palabra), sean especialmente pedagógicos y ejemplarizantes en sus mensajes.

Ocurrencias de rédito electoral aparte (que condenan a frentismos recurrentes nada estimulantes: ahora carnívoros frente a vegetarianos), transitamos una “cuenta atrás” en la que a nadie se le puede escapar que dadas las implicaciones que tiene el consumo de carne sobre la salud y el planeta, controlar/moderar su consumo es algo que debemos hacer más pronto que tarde; que consumir “menos carne” es ayudar a obtener ”más vida”. Todas las partes implicadas, consumidores, productores y políticos, deben tomar conciencia y colaborar en despejar el camino más beneficioso para la comunidad. Y reducir el consumo de carne claramente lo es.

Área de Ecologismo

El Pueblo Que Queremos