Faltan pocos días para las nuevas elecciones autonómicas en Catalunya. Como todo el mundo sabe no se trata de unas elecciones más, el día 21

Ene ko de Las Heras

hay en juego no solo el futuro de la nación catalana y su acomodo dentro del estado español, sino el mismo futuro de este estado.

La evolución que han ido tomando las más que justificadas protestas ciudadanas que finalmente han culminado en una respuesta involutiva y represiva que no se conocía desde la dictadura franquista, han radicalizado las posturas encontradas entre los dos nacionalismos que hasta ahora se habían soportado, más que convivido, en Catalunya.

A estas alturas ya no tiene ningún sentido discutir sobre si Catalunya fue o no fue nación histórica, si es conveniente y, o, legal convocar un referéndum de autodeterminación, si los independentistas tenían suficiente apoyo popular como para proclamar la república, si había razones para la represión policial que , ante los ojos del todo el mundo, se produjo el 1-O, si son o no son presos políticos los dirigentes catalanes que están en la cárcel, si suman más los de las manifestaciones independentistas o las unionistas…

Tampoco ayudará a nada recordar que el primer y mayor responsable de este triste esperpento , a fin de cuentas tan español, ha sido el señor Rajoy (que en ningún momento aceptó un estatuto que había pasado por todos los requisitos legales requeridos por la Constitución), primero recogiendo firmas en las calles, llamando al boicot a los productos catalanes, por fin llevándolo al Tribunal Constitucional a sabiendas que lo iban a tumbar con el voto en contra de dos magistrados conservadores que hacía dos años tenían que haber sido sustituidos por dos progresistas .

Independientemente de que este enfrentamiento entre la legalidad de un pueblo y la de un magistrado que tenía  que haber sido cesado haya sido aprovechado por los neoliberales de uno y otro bando como cortina de humo para tapar la insoportable corrupción de la que hacen gala, y seguir aplicando las antisociales políticas de sus correligionarios de Bruselas, las manifestaciones pacíficas y festivas de un pueblo luchando por su dignidad deben ser motivo de reflexión.

Es cierto que el llamado desafío independentista solo ha servido para asentar en el poder al partido más corrupto de la democracia europea, alentar el nacional-catolicismo de la rancia derecha española, envuelta ahora en una bandera constitucionalista que esconde el águila franquista, y que Catalunya se ha visto perjudicada económica y socialmente y va a pagar una factura demasiado cara por una aventura que todos sabíamos que era poco más que un sueño irrealizable. Pero nada de eso hubiera ocurrido si la llamada izquierda española se hubiera sumado a las justas protestas de una sociedad civil que solo reclamaba más democracia.

Venir ahora con el latiguillo de que los “los nacionalismos son de derechas” (¿los de la CUP, los de Ezquerra Republicana, los millones de manifestantes de todas las edades y condiciones son de derechas?), que se trata solo de una insolidaria postura economicista contra las comunidades más pobres ( ¿ y qué pasa con el concierto económico de vascos y navarros, y con ese agujero negro que es Madrid?), o que en un mundo globalizado es absurdo crear nuevos estados y fronteras ( ¿ y a quién está beneficiando esta globalización?), es buscar excusas, una vez más, para no hacer esa revolución pacífica y verdaderamente democrática que los ciudadanos del estado español tienen pendiente.

Dicho esto, y ante la situación creada por unos gobernantes que hace mucho deberíamos haber mandado a esa jubilación tan bien pagada de la que gozan, se nos caen encima estas enésimas elecciones con el riesgo de que ocurra una de estas dos debacles:

  • Que vuelva a ganar el bloque secesionista y contra la mitad de su propia ciudadanía vuelvan a declarar la república imposible. Esta vez me temo que el gobierno central no se conformaría con las fuerzas del orden y el 155.
  • Que gane el bloque llamado constitucionalista y salga de presidenta la líder de Ciutadans. Me temo que las manifestaciones no iban a ser tan pacíficas como hasta ahora.

En cualquiera de los dos casos Catalunya quedaría abocada a una grieta social y económica de difícil sutura.

La única alternativa, la mejor para todos, sería sin duda alguna una tercera vía, una alianza catalanista, progresista y social, una reedición del TRIPARTIT con un gobierno compuesto por nuevas caras de ERC, PSC y COMUNS-PODEM, en la que se aparquen las aspiraciones históricas y se fundamente un tejido político y social basado en los valores republicanos y que sea el punto de partida para un cambio de gobierno en Madrid que permita la revisión a fondo de una Constitución que fue tutelada por el ejército franquista , y que a fin de cuentas es la que nos ha traído todos estos males.

No parece fácil que se puedan dar las circunstancias para que esta alianza de progreso se produzca, pero en caso contrario la ingobernabilidad de Catalunya (y por ende de España), parecen inevitables, y con ella, el recorte de libertades y derechos.

Por Tony Rodecues para El Pueblo Que Queremos