Pero nos cuesta, por mucho “Homo Sapiens” que diga la etiqueta que nos hemos puesto

Opinión: por Ulises

 

Eneko De Las HerasEsta mañana mientras mis perros me sacaban de paseo, me encontré con una vecina que era paseada a su vez por su entrañable perra labradora: “qué escenario más surrealista se ha impuesto”, me dijo guardando con buen criterio ciudadano unos 3 metros de distancia. “¿surrealista?, puede parecer, pero nada más lejos”, le respondí. Y por unos instantes, los que la prudencia nos permitía, reflexionamos juntos antes de volver cada cual a su casa tras los animales a los que hacíamos compañía.

Más allá de teorías conspiranoicas que siempre se abren camino, o de arrebatos individuales de irresponsabilidad que por saber más que nadie, comunidad científica internacional incluida, cuestionan la alarma y hubieran dejado que la gente fluyera libre bajo el sabio criterio de cada cual, la realidad es que la crisis del coronavirus ha metido de lleno a Occidente en un escenario que cuestiona buena parte de nuestro modo de vivir, hipertrofiado de un crecimiento infinito en un entorno finito, nuestra cultura del consumo “zombie” e insolidario, ciega de sí misma y ésta sí que surrealista y hegemónica, pues apenas se discute. Acostumbrados a habitar un entorno tecnooptimista de certeza (ciega) y (falsa) seguridad donde todo está controlado y asegurado, de repente una incertidumbre terrible ha irrumpido y ha hecho saltar por los aires nuestra solvencia omnipotente y ha dejado al descubierto la realidad –oculta- de una incontestable fragilidad global. Y lo hace en forma de un ser diminuto que no repara en muros, ni en épicas nacionalistas, ni en clases sociales. El Covid-19, un virus preideológico que representa sin duda una gran oportunidad para recuperar valores de cooperación y dignidad colectiva que se han ido perdiendo ante la mirada impávida de la mayoría.

Y es una oportunidad porque tengamos presente que, siendo grave la pandemia que representa, podría haber sido mucho más dramático, más devastador el efecto ocasionado con una simple mutación de este virus que lo hubiera hecho 3 o 4 o 17 veces más letal… y entonces ni ocasión para la enmienda, que ya toca.

La madre naturaleza cura sus heridas, y trata de enseñarnos con la delicadeza de lo que es para ella una pequeña sacudida, nuestra vulnerabilidad y nuestros abusos. Hemos entrado en un estado de shock ante lo desconocido. Ahora bien, este hecho adverso, este trance no nos debe llevar a la parálisis nerviosa (activada por oportunistas “levantamuros”) o a la inhibición paranoica del pensamiento esperando, como es costumbre (a la vuelta de la esquina la crisis de 2008 y el cambio de modelo que se anunciaba… “para que siguiera todo igual”), a que todo pase para recuperar la vida en el mismo punto irresponsable en que la dejamos. Aprovechemos que la satisfacción inmediata de nuestros deseos también está en cuarentena, que el tiempo se ha detenido, incluido el de trabajo, que hay menos ruido, contaminación, consumo, basura (por desgracia no la informativa), índices bursátiles, menos muros ideológicos y tensiones interesadas y obliguémonos a pensar, a interpretar el contexto alrededor, establecer las causas que favorecen la irrupción de semejante crisis, poner en duda los valores sobre los que hemos levantado nuestra frágil civilización y concluir la necesidad inaplazable de un cambio radical”.

El puñado de privilegiados del mundo, motores del sistema económico que condiciona la política y la vida, estamos en trance. Es el momento de reconocer nuestros errores, y

el primero el de externalizar todo lo que nos molesta pero necesitamos para seguir triunfando como individuos y hacer grandes nuestros países, y que trasladamos a la gente más necesitada de la que (porca miseria) algunos dicen que debemos protegernos: el trabajo esclavo, los residuos y la contaminación, la miseria, la expoliación de recursos, la guerra, la crisis climática y sus catástrofes. Porque cuando nos alejamos de los efectos alucinógenos que nos rodean y dejamos de estar (ser) unos alucinados, apreciamos con sencillez meridiana que vivimos en un sistema de suma cero, en donde lo que unos ganan, otros lo pierden. Pero puede no ser así, aunque nos hayan dicho lo contrario.

Este virus, sin embargo, no podemos externalizarlo, es imposible arrojarlo a las periferias de la globalización. No sólo eso, sino que ahora es a nosotros a quienes se nos prohíbe la entrada en algunos países. Muros para quien levanta muros. Metáforas que nos hablan de caminos poco recomendables y de reorientar visiones. Reveladora es aquella en la son nuestros perros quienes nos pasean, quienes habilitan que salgamos a la calle a respirar un aire que se deja respirar y un silencio que tranquiliza.

Parece claro, es un tiempo de aprendizaje para pensar en colectivo y por el bien común, para superar el engaño de la ambición individualista y procurar una sociedad responsable con el bienestar ajeno que, a la postre, es el propio. Una ocasión para asegurar que los negocios NUNCA pueden condicionar el acceso a un digno bienestar de colectivo alguno. Un ejercicio para sentir orgullo de un país, no por lo que fue (discutible las más de las veces) sino por lo que colabora en ser como parte de algo más grande, eficaz y justo.

Con Zizek quiero pensar que “quizás otro virus, ideológico y mucho más beneficioso, se propague y con suerte nos infectará: el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá del estado-nación, una sociedad que se actualiza a sí misma en las formas de solidaridad y cooperación global”. … en las películas una catástrofe global aniquila las “pequeñas diferencias” de la gente, volviéndolas insignificantes, y todos empiezan a trabajar juntos para encontrar una solución”

Esperemos que sea así y tomemos buena cuenta de lo ocurrido. Para ello, debemos estar muy atentos para animar a la gente a exigir a sus representantes el cambio que se necesita. Y hacerlo día a día, no sólo con su voto estático.

Articular este cambio pasa por el fomento de una cultura ética, por una solidaridad transnacional efectiva, unos servicios públicos “eficientes” que no dejen a nadie desasistido, una fiscalidad redistributiva internacional; pasa por abandonar la absurda idea del crecimiento económico constante y buscar un equilibrio sensato y sostenible; por llenar de vida el mundo rural y sanear la aglomeración urbana; por despachar miedos infundados hacia fuera, cuando el peligro las más de las veces lo tenemos dentro, por impulsar la colaboración, el encanto de las muchas cosas que nos unen y la riqueza de la diversidad. Pasa por aislar los mensajes de fractura, de miedo, de inseguridad

Confiemos que el confinamiento necesario que estamos sufriendo no se extienda demasiado en el tiempo hasta el punto de que las ausencias y las necesidades se agudicen al extremo de incapacitar la reflexión y la capacidad de lucha que vamos a necesitar para exigir el cambio.

Empecemos a sembrar… y no bajemos el ánimo (viven de ello)