Cómo viven la crisis del Covid19 dos pediatras

Durante la crisis y el confinamiento del Coronavirus recogemos los testimonios de dos mujeres especializadas en pediatría. Dos puntos de vista coincidentes: Sara, en activo y Rosa como especialista jubilada.

Sara

 

Sara es geriatra y pediatra, hizo las residencias de formación en las dos especialidades. Hoy es adjunto “interino” de la que fue mi Unidad en Pediatría, en uno de los hospitales grandes madrileños.

 

Sara: pediatra

Me contaba el pasado día 16 cómo estaban organizándose durante la pandemia. Aquel día trabajaba en una planta de adultos Covid, a lo que se prestó voluntaria. Tenía a su cargo 7 pacientes de diferentes edades, jóvenes y mayores. Lo llevaba bien porque las actuaciones estaban bastante protocolizadas, siendo el mayor problema los procesos intercurrentes, esos que surgen de pronto en adultos, no habituales en población pediátrica, tales como: angina de pecho, descompensación de diabetes tipo-2, alteraciones hidroelectrolíticas, insuficiencia cardiaca…

 

… Continuaba hablándome de que sus neuronas de “adultóloga” se habían activado y se acordaba de más de lo que en un principio pensó. Además, siempre se sentía arropada, había supervisión por parte de los neumólogos y el ambiente entre el personal era inmejorable; se ponía música, aquel día el Himno de la alegría, recibían catering frecuentes y donaciones, entre ellas un móvil para contacto entre ingresados y sus familias.

 

 

La Urgencia de la General y con esto no descubro nada, porque ha estado en todos los medios, se convirtió en un caos con una prioridad, clasificar a los pacientes en compatibles o no compatibles con coronavirus. La historia clínica consistía en algo tan simple como preguntar los síntomas y desde cuándo, los antecedentes personales y en una radiografía de tórax … Así se manejaban, e incluso a modo de broma me comenta que uno de sus compañeros verbalizó algo como “Dicen que somos héroes y estamos haciendo la medicina más primitiva de nuestra historia”. Conozco esa urgencia, por razones personales que no vienen al caso, hace unos pocos años, siendo todavía personal “de la casa”, era una locura con un laberinto de habitaciones con sillones, que no camas, en las que te desorientabas cuando intentabas salir. Alguien supongo será el responsable de aquello y de esto.

 

 

Poco a poco la situación se ha ido serenando, y como no hay bolas de cristal mágicas y no podemos predecir el futuro, tan sólo cabe esperar que “este dichoso bicho” permanezca entre nosotros dando la menor guerra posible…

Rosa 

 

Trabajé en ese hospital 40 años como pediatra. Disfruté de la profesión a todos los niveles: asistencial, investigación clínica, actualización, difusión de las novedades en cursos y congresos, apoyo telefónico a padres y mejora de la calidad, facilitando la consulta de alta resolución y el tratamiento ambulatorio siempre que era posible, hasta de la gestión en tiempos de recortes, lo que no resultó fácil.

Rosa: pediatra jubilada

Al principio del estado de alarma no vi o no quise ser consciente de la realidad que nos esperaba. Pero a los 4 o 5 días del confinamiento una pareja joven, mis vecinos, se ofrecieron para lo que necesitara, compra o cualquier otra cosa. Ahí empecé a entender cómo se me veía desde fuera, como alguien mayor a quien había que prestar ayuda. Les agradecí el gesto y hoy lo hago desde aquí por su solidaridad para conmigo. Sin embargo, aún soy capaz de cubrir mis necesidades y rechazo se me considere más incompetente de lo que probablemente soy.

 

He intentado de todas las formas a mi alcance volver al hospital en la crisis, para lo que fuera, introducir datos o responder al teléfono. Pero para la primera de esas labores han optado por R0, es decir futuros residentes, que han aprobado el acceso a la Residencia y van a comenzar una especialidad médica o quirúrgica y también por estudiantes de 6º año, en sustitución de sus prácticas obligatorias. Y para la segunda, al menos así es en nuestra Unidad, a un facultativo por servicio le toca -día de teléfono-, atendiendo de forma presencial únicamente lo imprescindible en agudos y crónicos.

 

No os podéis imaginar cómo respondieron a mis intentos de posibles colaboraciones. Rosa, sí ese es mi nombre, no vengas al hospital, te queremos libre de contagio y lejos del foco infeccioso. Al principio sentí impotencia y después me he debido conformar y asumir que soy mayor. Ellos están viendo fallecer a muchos con más de 60, resultando curioso la preferencia del virus por este grupo de edad. Doy las gracias a todos sabiendo de su buena voluntad y su cariño; aunque aceptar la situación en su conjunto ha sido un proceso largo y penoso.

 

En ningún momento desde que me jubilé, y lo hice voluntariamente, he sentido la necesidad de volver a trabajar. Adapté la vida a algo nuevo para lo que antes no había tiempo, más actividad física, más participación en el asociacionismo vecinal, más estudiar lo que me gusta (Historia del arte), más quedadas a comer, más salidas al campo y algunos viajes. Estaba bastante feliz, hasta que la crisis me cogió desprevenida, haciendo que deseara echar una mano. Al final he decidido reinventarme cada día y espero lograrlo.

 

Todas las personas a nivel global tenemos que resistir, cada una con sus circunstancias, sin olvidar que existen problemas añadidos que actúan de agravantes, de trabajo, económicos, de espacio o violencia en el domicilio, de luto, de soledad o por enfermedad grave y qué decir de los migrantes en el mar o en los campos de refugiados. A todas les solicito que aguanten, sin dejarse arrastrar por el miedo o la depresión. Digo yo que un día saldremos de la pesadilla y mientras tanto muchos ánimos y mis mejores deseos…